Voy a ser sincera: de ti, me gustas tú.

Aunque no tuve agallas para decírtelo, tengo un cuajo enorme para esperarte. No fui valiente para hacértelo ver y, sí, soy cobarde para aguardar tu regreso de brazos cruzados. Te echo de menos 24 veces al día. Te echo en falta tanto tiempo que cojo el teléfono y me quedo mirando tu número, buscando el empuje para llamarte y estar contigo un ratito. Pero me sobran dudas y me faltan señales tuyas. Al final, la pantalla se apaga, aburrida de tanta indecisión.

Quiero que cumplas tus promesas y me abraces, para que pueda dejar de mojar la funda de mi almohada con lágrimas, para que pueda dejar de sentir rabia por una huída que fue una retirada a tiempo por tu parte, y un abandono por la mía. Y yo dejaré de jurarte imposibles en una cena con velas para prometerte solo aquello que pueda cumplir a la luz de la luna; o a la de tus ojos, que viene a ser lo mismo.

 

Yo te llamo “Mimi”, que me parece mejor idea que usar tu nombre real. Y si a ti no te importa, voy a seguir haciéndolo.

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