Li_Tingting

Li aparece junto a su novia, de la que no se ha separado ni un minuto desde que dejó la cárcel, y es ella, su compañera, la que indica adónde dirigirse para poder hablar “tranquilas”. La feminista aún sufre restricciones de movimientos y amenazas de la Policía para que no contacte con los medios de comunicación.

“No es ilegal hablar con la prensa”, asegura contundente la activista, de 25 años, en una habitación de una tetería a las afueras de Pekín, un lugar común en China para quienes mantienen encuentros que quieren que permanezcan en secreto.

Li es la única de las cinco feministas que ha accedido a hablar con algún medio después de que las autoridades echaran abajo la campaña de concienciación que iban a llevar a cabo el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, contra las agresiones sexuales en el transporte público.

En medio de la noche, la Policía llamó a la puerta de su casa -y, de forma simultánea, a la de las otras cuatro-, y las pegatinas que pensaban repartir con lemas como “No a la violencia” se quedaron sin usar.

“No me lo esperaba”, reconoce Li sobre el arresto, una decisión del régimen que desencadenó la mayor protesta internacional y local vista en años contra una detención.

Esta no era la primera vez que la feminista se topaba con la represión del Gobierno, tras las múltiples e ingeniosas campañas para defender los derechos de la comunidad LGBT, aún no aceptada en el conservador país asiático, o de la igualdad de género, que, recuerda, “está recogida en la Constitución”.

Ella fue una de las principales impulsoras de iniciativas como “ocupar” los baños de los hombres en Pekín y Cantón (sur) en 2012 para reclamar “paridad” o la de “desfilar” en una concurrida calle comercial de la capital con vestidos de novia manchados de rojo para denunciar la violencia doméstica.

“Creo que lo que hemos hecho es bueno. Todavía no sé qué hacíamos mujeres como nosotras en la cárcel”, asegura con esa pequeña risa con la que acaba casi todas sus frases.

En el centro de detención, Li tuvo que soportar todo tipo de insultos, sobre todo contra su orientación sexual, por parte de los guardias que le interrogaban casi a diario.

“No paraban de repetirme: ‘los homosexuales son anormales. ¿Para esto te criaron tus padres?'”, recuerda la joven, que estudió Administración Pública y nada más acabar sus estudios universitarios se puso a trabajar con una ONG local, en el área dedicada a la comunidad LGBT, por unos 400 euros mensuales.

De pequeña, a Li siempre le gustaba “meterse en los problemas de otros”. “Si a alguna niña la pegaba un chico, yo salía a defenderla”, recuerda, antes de hablar sobre la relación con su padre, con el que siempre ha peleado por el trato que le daba a su madre y a ella.

“Cuando le conté a mi madre que era lesbiana, se opuso pensando que ya no iba a haber una siguiente generación… Pero poco a poco la convencí. Mi padre al principio enfureció; ahora, ni se opone ni me apoya. No puede controlarme”, explica.

Su progenitor intentó disuadirla en un principio, cuando las campañas de movilización de su hija comenzaron a tener éxito y la Policía le amenazó para que parara a la “rebelde”.

“Ahora pararé por un tiempo las campañas, pero no voy a abandonar el feminismo. Antes pensaba que la situación de la mujer estaba mejorando en China, pero ahora lo dudo”, destaca la joven.

Lejos de echarse atrás, la cárcel ha servido a Li para aclarar su futuro. “Quiero estudiar derecho, ser abogada”, desvela.
Y no una abogada cualquiera: la primera que se declare públicamente lesbiana en China y que se dedique abiertamente a defender a la comunidad LGBT y a la mujer.

“No lo quiero decir muy alto…”, asegura casi susurrando, y explica con esa risa que le caracteriza: “Si lo repito muchas veces, las autoridades no me dejarán ni presentarme al examen de acceso”.

Fuente: Cáscara Amarga

Be Sociable, Share!

Deja un comentario