Hasta sumergida en el mejor de los sueños más profundos de esa noche de entre las mil más placenteras, soy capaz de despertar en casa, con ese agradable aroma que me cautiva, que me excita, que me hace salivar, con dulces pensamientos y que con toda propiedad, me conduce en un divino viaje hacia la gloria más bendita: “es el olor a bollos recién horneados”.

Casi adormecida, incluso antes de tomar conciencia con la realidad, soy capaz de devorarlos sólo con ese bálsamo que se adentra en cada uno de mis poros, sometida a la voluntad de que los desee apasionadamente.

Mayor sorpresa mañanera, no se puede anhelar. ¡Esa es mi chica!… siempre pendiente de transformar mis deseos en realidad; de que cada nuevo día, sea un regalo y me haga sonreír…

Creo que hemos llegado a tal compenetración, que nos conectamos en el más alto nivel de nuestros pensamientos, descifrando nuestros deseos y llevándolos a una simple actividad física, para convertirlos en una grata realidad.

Este vínculo armónico que nos une, se mece en una plácida estabilidad y nos reconoce, de entre millones de mujeres por nuestro olor, nuestro sabor, nuestra textura, nuestros rincones anatómicos, nuestro sonido al andar, al dormir, al respirar, incluso en el silencio.

Eso es lo que lleva a mi pareja a envolverme en el dulce aroma de sus bollos recién horneados, porque sabe que se impregnará en mis poros fundiéndose con mi olor corporal hasta el punto que formará parte de mí.

Ese es el olor que desprendo esas mañanas en las que, aún con los ojos medios cerrados, se me acerca y susurra a mis oídos:

-“hueles a bollito”-, …Y yo le contesto:

 -“llegar a ser parte verdadera y auténtica de la bollería fina, requiere paciencia, empeño y devoción. Tres de las virtudes que me describen a la perfección y que hacen deleitarte en tu “fragancia recién horneada””-.

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