Ilustración de Olivia Hardy

Curiosamente, hablamos como pensamos, como sentimos y como apreciamos lo que nos provoca todo lo que nos rodea. Utilizamos un lenguaje u otro, dependiendo de lo que somos y lo que hacemos. En fin, nuestra manera de hablar, no es más que el reflejo de nuestra conciencia.

Así, una a una y uno a uno, vamos creando una conciencia colectiva a través de un lenguaje que siempre juega un rol fundamental en la construcción de nuestra cultura y nuestra identidad.

De la misma manera, esta herramienta básica que nos permite expresarnos, puede transformarse en un elemento discriminatorio, invisibilizando a las mujeres al usar sólo un vocabulario masculino e incluso reforzar la reproducción de esos roles que se cree que la mujer cumple en la vida social.

Deberíamos tener en cuenta, que cuanto más sexista es una cultura, mayor diferencia hay entre el lenguaje masculino y femenino.

En general, esta cultura patriarcal en la que hemos crecido y nos ha amamantado, ha originado un uso sexista del lenguaje, monopolizándolo en términos masculinos como falsos genéricos para referirse a ambos sexos, llevándonos a una evidente desigualdad de la identidad masculina y femenina.

Teniendo claro que el lenguaje se construye socialmente, creo en la posibilidad de modificarlo provocando un cambio en las comunicaciones institucionales, y sobre todo, generar reclamos de reflexión en cada una y cada uno de nosotras/os.

Para ello, si lo trasladáramos a la práctica, deberíamos empezar por utilizar términos neutros cuando los haya, y cuando no, usar tanto la forma femenina como la masculina, de manera que ambas sean visibilizadas, nombradas, referidas, y por tanto, también valoradas, de un modo más paritorio para mujeres y hombres. Siempre evitar la jerarquización de los sexos e invalidar esa absurda regla por la cual, un colectivo mixto no puede nombrarse en femenino. Identificar e incorporar mayormente la experiencia de las mujeres. Relevar el protagonismo de la mujer al evidenciarla en el lenguaje y los textos.

Yo particularmente, no deseo, que la manera en cómo se me nombre, se me lea o se me escriba, puedan ser elementos discriminatorios, y mucho menos, que se me invisibilice o se me excluya, en estas formas, de la vía pública.

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