Te sueño constantemente, igual que una aficionada al sado. Como si disfrutase haciéndome daño a mí misma. Como si no fuera ya bastante cruel saber que es otra la que te despega las bragas, la que come de ti, la que te acompaña hasta el final. Otra con la que te sentirás feliz y no querrás saber de nadie más. Otra cuyo nombre explotará del fondo de tu garganta cuando disfrutes un orgasmo. Otra a la que acariciarás el pelo mientras la ves dormir. Otra que fue valiente y puede deleitarse con tu amor. Como si eso no fuera suficientemente cruel. Este cariño maldito, tan real como el mundo real.

Me cortejaste con los ideales que ilustrabas tras tu sonrisa eterna, embustera. Y yo me dejé engañar. Quedé atrapada en tus promesas, que no se sostenían por ningún lado. Tus palabras ocultaban un significado que no conseguí adivinar. Las mías también. Llegué a decirte “te quiero” con voz sorda para tus oídos, que se habían quedado mudos. Me alegro de que seas feliz. En realidad, no. Pero una de las dos tiene que serlo. Prefiero que seas tú.

Ahora que sigues tan lejos, todo sería más fácil para mí, si no le hubiera enseñado a mis canciones favoritas a recordarte, a pincharme con sus acordes más agudos, a estrangularme un poco más fuerte cada vez que llega el estribillo. A vivir dentro de una contradicción que es un afecto condenado. Un cariño que, en vez de ser reconfortante, es embaucador y maldito.

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Un comentario.

  1. Ana dice:

    ¿Quién es Sara Laveque?

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