Qué horrible eso de que te duela alguien a quien quieres porque ese alguien nos ha dejado de querer. O prefiere querer a otra que es más alegre, está más cerca o más viva. Otra que no vive sus días dando un paso atrás. Otra que no huye hacia adelante.

El rechazo de alguien a quien amas es un tipo de muerte en la que no llegas a morir del todo. Solo agonizas. Y vives entre estertores hasta que el de la guadaña se apiada de ti.

Y cuando dueles, en cierto modo es bonito. Está bien. Yo aún sigo tachando en un calendario que no acaba nunca los días que faltan para tu regreso, sin saber si ese día ha nacido. Si existe. Como si estuviese tan solo a unas semanas. A la vuelta de la esquina. En tu caso, la esquina es circular. Se me antoja un bucle sin fin.

Continúo visitando tus fotografías. Esas en las que salimos juntas. En realidad, solo son dos. Lo hago porque significa que, en algún momento, te gustaba sentirme cerca. A mí, ese momento me dura todavía. Así deduzco que mereció la pena el dolor que ahora dejas.

Y a lo mejor se acaba de poner a llover para que tengamos frío y la excusa perfecta para abrazarnos. Eso no tiene sentido… Porque cuando aquí llueve, yo miro al oeste desde mi ventana, preguntándome por qué no nos mojamos juntas. Miro al oeste porque ahí es donde has elegido vivir. Al oeste de Madrid. Al oeste de Portugal. Al oeste del océano. Y mucho más al oeste del mundo.

Me quedaría abrazada a la boca de la primera mujer que me sonriese, con tal de volver a sentir algo del calor que te llevaste. Había olvidado lo imposible que eres.

Be Sociable, Share!

Deja un comentario