Nuestra historia empezó realmente bien; casi parecía irreal. Luego se fue torciendo poco a poco, sin avisar. Pasamos de la utopía a la misantropía. Empezamos a creer que sabíamos de todo cuando no teníamos ni puta idea. Y acabó de la peor manera: un abismo de silencio que nos separó años y años, como una fatídica condena.

En parte está bien, porque todo el dolor surgido desde entonces significa que lo vivido fue lo bastante real como para que ahora escueza.

Hubiese dado mi alma a cambio de asesinar mi cobardía, sin piedad ni duda. Fundirnos en un “abrazazo”, que eso es muy tuyo. Quedarnos a vivir en la mirada de la otra, parpadeando si nos apetece estar a solas.

Que, por una vez, los golpes de la vida los tradujéramos en golpearnos las caderas sobre la cama, en el suelo, contra la pared o donde se nos antoje, sanándonos las heridas, rompiendo los “día a día”, reventando la rutina al galope de nuestros orgasmos.

No quiero nunca más tener que repetirte que eres la luz de mis días, que no soporto seguir en una realidad ficticia contigo sin que estés tú de verdad. Que a veces no me aguanto y solo tolero el día si es con la persiana bajada. Que no me importa dibujar el futuro con los esquemas del pasado. No me importa, siempre que estés tú a mi lado. Y no quiero que el tiempo vuelva a pasar y arrepentirme otra vez de ver que te vas.

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