naufraga

Dicen que la verdadera felicidad, si no se comparte con otra persona, no se valora en todo su gloria, y en la misma línea de lo dicho, que la verdadera tristeza, si no se sufre completamente sola, no alcanza un total entendimiento y aprendizaje.

Yo, como forzosa alumna de estas dos situaciones no las pongo en duda, aunque añado por experiencia, que se puede experimentar la felicidad sola y la tristeza en compañía, …y ahí es donde algunas nos sentimos bien, acompañadas de nosotras mismas, y otras abandonadas al lado de la persona que más queremos.

¿Qué preferirían, una falsa alegría a una tristeza cuya causa es verdadera? Me imagino que desconociendo la falsedad o la veracidad de lo acontecido, la mayoría preferiría una falsa alegría; …¡o todas no hemos dicho en algún momento, “ojos que no ven corazón que no siente”!.

Lo terriblemente decepcionante es cuando nuestro corazón descubre el engaño y ve la falsedad de esa alegría. Nos volvemos a cegar, paralizándonos ante la razón por el shock que nos sacude; …muy poca gente consigue ser racional en esos momentos. Nos instalamos en ese lugar en la vida, en el que nos sentimos más tristes, justo ese en el que sentimos el vacío del corazón de quien nos engaña, nos decepciona o nos hiere.

Ese lugar es frío, desolador; es el lugar donde reside la tristeza de sentir una fría e injusta soledad estando con alguien a quien quieres, con ese alguien que has deseado y sigues deseando que sea tu otra mitad.

Empieza por no satisfacer nuestras necesidades, sin aportar comprensión, ni apoyo…, ni siquiera compañía; y no hablo de que tenga que cubrir esos recovecos que sólo los podemos llenar nosotras mismas, sino de esos vacíos que se han quedado a pesar de que rebozaban al principio de la relación.

Hay quien se abandona en la rutina, en la falta de comunicación, en el egoísmo sentimental, en el silencio absoluto, en la falta de entendimiento de quien tiene al lado, en la falta del lenguaje del roce y el de las atenciones, …en todo aquello que te hace sentir como una náufraga del amor que aún se respira en la habitación.

Y empiezas a dar voces, a hacer señales de humo, a respirar profundamente para no ahogarte, a gesticular más de la cuenta, a agitar los brazos para que advierta tu presencia…, pero sigue ahí, como si no te viera, como si no te sintiera, como si todo le diera igual incluida tu, …y por fin…, tu también empiezas a abandonarte como una náufraga de tu soledad en compañía.

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