“Qué guapa estás”, pensaba mirándote a hurtadillas.

Me gustas porque eres sencilla.

Te conocí y en mi mente se abrieron los vínculos necesarios para que aparecieses cada vez que cierro los ojos. Si mañana me quedase ciega, seguiría viéndote, porque ya no estás en mi cerebro, sino un poco más abajo, en un rinconcito alrededor del cual sopla mucho aire siempre. Deduzco que eres tan preciosa, que deberías estar prohibida; que si alguien pretendiese arrestarte, sería yo encerrándote la boca con mis labios.

Los días avanzan. Dejo pasar otro más, convenciéndome de que al siguiente seré valiente y te diré que me gustas. Que quiero invitarte a un café y perderme en tu mirada ilegal. Que he despedido a la niña buena y me apetece hacer las cosas mal, para variar. Que me gustas porque eres sencilla. Sencilla, que no simple. Te hablaré con palabras reales, no con pestañeos utópicos… La verdad es que soñarte es reconfortante y reparador; soñarte despierta porque tu recuerdo no me deja dormir.

Iré hacia ti, alegre y viva, y te diré de todo menos quejas. Porque sé que no soportas a los quejicas. Te sonreiré, eso es fácil cuando te miro. La luz de tu mirada invita a hacerlo. Y cuando ríes, te brilla el Sol entre los dientes, ¿lo sabías?

Me seduce tu calma. Pasé de adorar la paz a la calma, que eres tú.

Y tu espontaneidad… Es como saltar al vacío sin importar dónde caer ni si va a doler mucho. Como cuando mueves la mano al gesticular y tiras el objeto con que se topa, rompiéndolo. Con ese ademán involuntario, armas un desorden que a cualquiera le daría ganas de desarmarte a gritos. A mí no. Yo me rompo en carcajadas.

Me haces reír incluso cuando miro el teléfono y veo que la llamada que espero sigue perdida; cuando el silencio de mis proyectos es lo único que me suena; cuando estoy de inmundicia hasta las cejas y con la toalla escurriéndose de mis dedos muy despacio, tan despacio que aflige; o cuando mi único deseo es encarcelarme bajo la sábana y quitarle el corcho a La Rioja para bebérmela. Me atrae que solo alces la voz para reírte a gritos.

“¿Por qué no voy, con decisión, y saco valor para algo más que saludarte?” Porque tengo miedo. Muchos miedos diferentes. Me da respeto e intimida tu posible respuesta. Me asusta dejar pasar esta ocasión y que la vida se haya cansado de tenderme su mano, llena de oportunidades. Recelo de acabar siendo esa que siempre va con la hora a destiempo. Miedo de perderte antes de saber lo que es tenerte en mi vida. Temo querer invitarte a algo y que no puedas porque tienes prisa o algo mejor que hacer… Pero quiero ser valiente por una vez, lo he prometido. Lo malo es que me creo mi mentira.

Inocente, me acerco a ti. Estás de espaldas. Procuro no estar tan seria y sonreír, aunque no lo sienta, para que no te asustes. Porque ya lo estoy yo por las dos.

Te saludo, segura de mí misma y, cuando me clavas tu mirada, a mí se me escapa la valentía por la puerta de atrás…

Debo darle un giro a mi conducta contigo. Olvidarme de este constante desgranar de bobadas. Quizá me salga bien si ese giro lo doy con “j”.

Porque me gustas. Porque eres sencilla. Porque me gusta tu calma. Y el “jiro” que provocas en mi día a día.

Lo que quiero, más que el amor, es hacerte reír hasta que se te duerma la mandíbula. Porque así es como me imagino la felicidad: a través de tu risa. Y eso, me gusta.

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