lgbt

Fuente: GayLes

Los micromachismos, lesbofobias y otras sutiles, cansinas y reiterativas agresiones adoptan a veces la forma de halago o de piropo, comentarios que acaban siendo lobos con piel de ovejas, golpes bajos que duelen a toro pasado y que ni notamos cuando nos los cuelan.

Me refiero al típico tópico de la apariencia poco femenina de las lesbianas, a los calificativos de fea, dejada, camionera, bombera. A la inocente y supuestamente bien intencionada pregunta “¿De verdad eres lesbiana? Pero si te maquillas, llevas vestido, falda, usas plancha para el pelo…” O sea que al parecer hay mujeres que son “demasiado guapas para ser lesbianas”. O la otra versión, la de de “Oye, da igual con quien te acuestes, pero con lo guapa que eres podrías sacarte más partido, ser un poco más coqueta”.

La imagen, el perfil, el aspecto y temperamento de la mujer lesbiana ha sido durante siglos lo peor de lo peor: las lesbianas envidiamos a los hombres y a sus atributos, somos feas, no nos arreglamos, descuidamos la ropa, el pelo y gracias que nos lavamos. El imaginario colectivo reserva un espacio gris, denigrante y poco atractivo para las lesbianas, existe una incapacidad social, independiente del nivel cultural o de la ideología,  para entender el lesbianismo sencillamente como una opción sexual, emocional o afectiva.

Pero realmente ¿Qué se esconde detrás de esa concepción? Pues en cierto modo la condena a una opción que prescinde del modelo patriarcal, que no precisa de un hombre para ser. Porque en el otro extremo del tópico LGTBI está la imagen del gay que se supone que es guapo, sensible, con pasta, se cuida, va al gimnasio, se arregla, utiliza cosméticos, se ocupa de su casa y sabe cocinar. Vamos que lo de “¿seguro que no es gay? Es tan guapo y tan encantador que seguro que no le van las tías” es otro estereotipo que insulta tanto a los gais como a los heterosexuales.

Es tan obvio todo que parece mentira que sigamos cayendo en la trampa, es tan indecente que no se entiende que no nos revelemos o lo que es peor, que cuando en público se habla de la masculinidad de las lesbianas, algunas se justifiquen trayendo a colación a famosas o conocidas que “a pesar de ser lesbianas” son unos pibones. Penoso.

Y para acabar de rematar el tema está lo de las “falsas lesbianas”, las de la publicidad que arrancan comentarios tipo “ya me dirás tú a qué bares van esas” o “son actrices, las de verdad no son así”. O peor aún las del porno lésbico que son difícilmente asumibles sin un protector gástrico pero están más buenas porque básicamente sirven para alimentar las fantasías masculinas. Eso sí, el porno gay es un repertorio de cuerpos bronceados, cuidados, fibrados, ¡lo que más abunda vamos!

Los estereotipos son, además de crueles, falsos y absurdos, pesan como una losa sobre tod@s, seamos gais, lesbianas, transexuales o bisexuales, de quienes por cierto se dice que no se definen porque son incapaces de asumir su homosexualidad.

¿Qué pasa? ¿que todos los hombres heterosexuales son sucios, dejados, ignorantes y lucen barriga cervecera? Y ellas, las mujeres heteros ¿son todas súper femeninas, se arreglan, son guapísimas de la muerte? Obviamente, no.

No se trata de negar nada, por supuesto que existen mujeres de aspecto y maneras más masculinas, sean lesbianas o no y por supuesto que están en su derecho de serlo y su atractivo estará en función de quien lo juzgue, que para gustos se hicieron los colores.  Y evidentemente que gais los hay de todo tipo y pelaje, guapos y feos, delicados y brutos, cuidadosos y dejados.

El fenómeno de la visibilidad de famosos y famosas està contribuyendo a derribar alguno de esos estereotipos, pero corremos el peligro de caer en otra trampa, la de que “las bolleras famosas si que son atractivas” y las de batalla, las de la calle, las de los bares de tías, no.

Importa no olvidar que tenemos derecho a nuestra imagen, importa denunciar el tópico siempre que nos topemos con él, importa en definitiva reivindicar que somos diversas, distintas y que nada ni nadie debería etiquetarnos porque, a fin de cuentas, lo único que compartimos es y con matices, la opción sexual.

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