Son las tres y diez de la mañana. Me apetecen unos cigarros y hablar sobre ella. No necesariamente en ese orden.

Aún queda mucho para que amanezca; para mí, el día ya ha empezado. En cuanto dejo de soñar dormida para hacerlo espabilada.

Imagino que fue tarde para ser sincera, pero al final me atreví. Le dije “te quiero”. Es la verdad, la quiero. La quiero pedir perdón, la quiero amar, la quiero soñar, la quiero follar, la quiero sentir, la quiero hacer feliz, la quiero de mil maneras y cada una es más mortal que la anterior.

Imagino muchas cosas, entre ellas, que tiene a otra que se lo dice y su voz suena más convincente que la mía. Madrid, tal y como lo conocía paseando a su lado, ha desaparecido para convertirse en el escenario de una guerra que libramos mi corazón y yo, por sobrevivir.

Había una vez una calle al final de una bifurcación. Era una calle en la que amanecimos, por la que nos perdimos, hasta que quisimos. Una calle que conocí tras una cena, una de tantas cenas. Pero no fue una cena como las demás. Ni tampoco una calle igual que el resto. Una calle tras una cena. No sé en cuál de los dos lugares me enamoré.

Ahora le toca el turno al tabaco…

Be Sociable, Share!

Deja un comentario