Qué bien sabe un cigarro de madrugada. La primera calada, en especial. El humo, al ascender, dibuja las letras de tu nombre en trazos barrocos. La toxicidad del tabaco se suma a la tuya; así dueles menos. Te escapaste como se escapa esta neblina venenosa por mi ventana abierta.

Se está levantando aire… Es la anticipada brisa en una noche con estrellas. Un gran tapiz salpicado de lentejuelas. Cada una me recuerda a tus casi inapreciables pecas. Y las dos relucientes Osas, las orillas de tu busto, perdidas en el horizonte como esas constelaciones.

El humo me envuelve como te arremolinabas tú a mi cintura cuando solías abrazarme; consentía todos tus arrumacos. Al darme la vuelta, me perdía, besándonos hasta olvidarnos. Y acabábamos, cómo no, enredadas bajo la sábana. Me susurrabas caricias en otro idioma, uno nuevo que habías aprendido. Sonaba delicioso. Sonaba lindo. Yo respiraba con un siseo aspirado, como si al tocarte estuvieses ardiendo y quisiera quemarme a tu lado.

Eras muy prudente cuando tenías que serlo. Y la más puta cuando te lo pedía el cuerpo, como al irte corriendo, en los dos sentidos de la expresión: el fisiológico y el que implica una mudanza.

Ahora me consuelo besando el filtro cada noche. Para ser sincera, tu sabor era mucho mejor.

Se acabó el cigarro. Fin de la historia.

Be Sociable, Share!

Deja un comentario