armario mujer

No se porqué, cuando somos pequeñas, nuestras madres se empeñan en seguir el protocolo de la heteronorma vistiéndonos excesivamente cursis, aún teniendo conciencia que no nos gusta y no nos sentimos cómodas. Son esas imposiciones familiares de las que no te libras, aunque patalees y patalees hasta enfermar.

…Y es que las niñas lesbianas, siempre hemos sido las inocentes víctimas de un mercado que porfía a la diversidad, marcando obstinadamente y con tenacidad, tendencias de cómo se debe vestir según el género.

Esta intransigencia social nos marca desde muy pequeñas, hasta que, algunas de nosotras, sacamos ese lado rebelde e imponemos nuestro criterio, creando ese punto de inflexión que provoca la intolerancia de much@s, …y en todo este proceso, dejamos a voz populi reorganizar una y otra vez nuestros armarios, hasta conseguir abrirlo y mantener las puertas abiertas encantadas de llenarlo de armonía y dignidad.

De niñas, nuestro armario estaba lleno de mini-vestidos de color pastel con estampados multicolores y multiformas, de esos, que si te agachabas a coger algo, se salía medio culo con la única intención de enseñar aquellas ridículas braguitas de encaje. De calzado, aquellos zapatitos de charol, tan brillantemente abetunados, que se veía reflejada tu carita de vergüenza. Quizás habría algún pantalón de cuadros o de pana que te ponían muy de vez en cuando, algo que deseabas con todas tus fuerzas porque era con lo que te sentías más cómoda y a gusto. Desde luego, que no podías elegir el vestuario y te tenías que conformar con lo que buenamente te podían comprar.

Algo más mayorcitas, conseguíamos esconder en el fondo del armario, esos vestidos que había que usar domingos, festivos y fiestas familiares, con más de un pantalón zurcido de tanto uso. Aquello era todo un logro, aunque la disculpa fuera que al revolcarnos por el suelo jugando, no se nos vieran nuestra insoportable vergüenza. Pasamos a llevar mocasines o deportivas que simulaban un vestuario más masculino, algo más conforme a nuestra forma de entender la vida.

De adolescentes, aunque nos moríamos de ganas de llevar un atuendo desenfadado y masculino, nuestros propios prejuicios sociales y la afrenta a que nos delatara la vestimenta como marimachos, nos forzaba a lucir algo más féminas, desprendiéndonos, muy a pesar nuestro, de aquellos pantalones informales y cómodos. Nuestros armarios cobraban un aspecto de dudosa feminidad, pero a nosotras mismas, de alguna manera nos conseguían engañar.

Ya con veinte y pico años, no cabía excusa para dudar de cómo nos sentíamos, de quienes éramos, y de lo que nos gustaba. De nuevo rescatábamos un look más masculino con un pequeño ramalazo algo femenino. No dudábamos de nosotras, pero si de quienes nos juzgaban por el físico, así que tampoco se lo dejábamos tan claro, alternando y dependiendo de a dónde íbamos o de con quién estábamos. Nuestro armario, ya comenzaba a tomar una apariencia más lésbica.

Por fin, pasados los treinta, nos daba igual que nuestras madres, nuestras vecinas, nuestras compañeras o incluso nuestras parejas, nos intentaran manipular en el vestir. Teníamos clarísimo que el hábito no hace a la monja por muchos estereotipos que nos definan, nos señalen o nos conviertan en unas verdaderas lesbianas de manual. No dejamos que nadie nos confunda con lo que realmente nos hace sentir auténticas, orgullosas y visibles.

…Y después de esta transformación de nuestros armarios que dura años, es ahí cuando viene un estudio de mercado para hacernos la gran revelación, de que en un mayor porcentaje se considera a los gays consumidores por excelencia a todo lo relacionado al aspecto estético, y nosotras las lesbianas consumidoras preferentes en el ámbito de la cultura.

Desde luego, que este aspecto tan revelador de la investigación, desconoce nuestra propia realidad, …¡con las filigranas que hemos tenido que hacer desde pequeñas para aparentar lo que no somos, y por los diferentes procesos estéticos que pasamos hasta que salimos del armario!.

Creo que hemos llegado a un punto en el que las mujeres lesbianas, nos preocupamos y nos ocupamos tanto o más, de nuestro aspecto físico como nuestros compañeros los gays. Ya está bien de estereotipar a las personas y de orientar la sensibilidad de las empresas a un sólo género.

Nosotras también nos cuidamos, consumimos, y no somos, ni mejores ni peores por ello.

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