Ilustración de Olivia Hardy

 El lenguaje siempre ha sido uno de los instrumentos más dominantes a la hora de educar las palabras que nos designan. Estas siempre asentirán esas cargas peyorativas que hemos heredado y conformado.

Es increíble lo pobre que es el espíritu, y lo rico que es el vocabulario de un/a homófobo/a, cuando se trata de faltarle el respeto a alguien.

Palabras como bollera, tortillera, marimacho y demás adjetivos descalificativos, son algunas de las más injustas a la hora de desigualarnos del resto de mujeres, demostrando que nuestra total integración, nunca será plena.

Pero cuando asumimos estas palabras como propias, descubrimos que simbolizamos una lucha a nivel social, que ni hemos empezado, ni nunca hemos querido desafiar.

Dejar que estas palabras nos perturben, será como alterar la forma de construir nuestra propia identidad. Quien llega a sentirse realmente herida ante estos presuntos insultos, debe replantearse qué grado de aceptación tiene consigo misma.

Mi propia sección “con mano de bollo”, ha sufrido las críticas de algunas lectoras, que se niegan a que la palabra “bollo”, se considere como un apelativo cariñoso y desenfadado, en la jerga lésbica.

Hay quien no entiende, que en ocasiones, el usar este tipo de palabras entre nosotras mismas, puede aliviar esa parte ofensiva que habitualmente, no digerimos bien. Yo al menos, las siento, como un gesto de empatía.

Está claro, que en la mayoría de las ocasiones, somos insultadas por ciertos y ciertas impresentables que carecen de respeto, educación y tolerancia, ante la homofobia que aún se respira en el ambiente.

Venga de donde venga, es verdad que un insulto, por mucha rabia con la que se diga, por mucha mala intención que le acompañe, somos nosotras mismas las que debemos recibirlos como un análisis de los propios prejuicios de el/la insultante.

Y como no, como todo insulto que se precie, siempre soporta un componente sexual que es el que duele porque nos compara con el vicio, con el pecado, con algo sucio y perverso.

Pongamos el ejemplo de las dos palabritas que nombré antes y que tanto se temen en el mundo lésbico: bollera y tortillera.

¿Por qué bollera? Porque bollera es la que hace los bollos… bollos de pan, que se interpreta como pan con pan sin chorizo en medio, (en referencia al pene como el chorizo).

¿Por qué tortillera? Porque tortillera es la que hace tortilla en México y éstas son tortillas que para elaborarlas, se palmea entre las manos como se supone que hacen dos sexos de mujeres al chocar el uno contra el otro, y por su puesto, estas tortillas no llevan huevos (devuelta otra vez a hacer referencia a los genitales masculinos).

Ya ven, que irremediablemente, hasta los insultos que nos asignan a las mujeres lesbianas, a parte de esa carga sexual, llevan consigo, el inevitable estereotipo que sin ese trozo de carne, nos falta algo esencial para sentirnos mujeres completas y realizadas.

Lo penoso de todo esto, no es que nos lo digan, sino que nos lo creamos, y cometamos el error de abandonarnos en el libre albedrío de la heteronorma.

Así que repensemos esas indecisiones para que seamos merecedoras de nuestra propia libertad, siendo siempre conscientes de que, cuesta más mantener el equilibrio de la homosexualidad, que soportar el peso de la homofobia.

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