beso mujer

Capítulo 18

 Realidad

  Una vez llegamos a casa, descorchamos un vino de reserva que tenía guardado para una ocasión especial. Ésa en particular, lo requería. Brindamos por nosotras, por el cariño que nos unía, por el inesperado encuentro, por cada uno de los momentos que nos extrañamos y deseamos hallarnos. Intenté crear un ambiente íntimo, rozando lo romántico, en cuestión de minutos.

 Gradué la lámpara hasta conseguir una luz tenue y cálida, prendí uno de esas varillas aromáticas con olor a vainilla, y como toque final e imprescindible, encendí el pioneer dejando sonar un cd de música chill out que había escuchado la noche anterior para relajarme.

Nos acomodamos en el mismo sofá apoyadas a ambos extremos, apreciándonos de frente, para sentir nuestras hambrientas miradas. Comenzamos a deshilvanar nuestras vidas desde aquel año, contando detalles que ocultamos horas antes, y probablemente, durante mucho tiempo.

 Esos detalles, cobraron vida en ese instante, en el mejor de los contextos, narrados por las verdaderas protagonistas. Cada gesto, cada palabra, cada historia me rozaba, me hacían sentir parte de ellas aunque fuese desde mi tan suspirada ausencia. Lo esperanzador fue, que a ella le ocurrió lo mismo. De alguna manera, el tiempo nos había confirmado que nos pertenecíamos emocionalmente, y eso, era todo lo que necesitaba oír para sentirme efervescente.

 Nuestras miradas cada vez eran más intensas, llenas de tensión. Me eché una mano al estómago al sentir que se me encogía, mientras me ruboricé sin quererlo. Por un instante creí, que ese gesto delató por completo mis pensamientos.

 Posé la copa de vino en la mesa para evitar que se notara el tiriteo que comenzaba a apoderarse de mí, mientras sentía que el calor que desprendía el efecto del alcohol, relajó la postura tan rígida que había adoptado mi cuerpo. Aquella escena me mantenía incrédula de que esa situación, finalmente estuviera ocurriendo, y no en mi imaginación como tantas veces.

 Casi me costaba respirar, por lo que tuve que desabrochar un botón de mi camisa. Noté que Maca no pudo dejar de mirar ese movimiento lento y a la vez desesperado, resultando insinuante. El cómo intentó ver más allá de ese botón desabrochado, fue muy atrevido, justo el detonante para desatar mi descaro y mostrar mi verdadera pretensión. Bendito gesto, porque la atrajo hacia mí con la excusa de sofocar el sopor del vino.

 Refrescó su mano con las frías gotas que se deslizaban por la botella, y la frotó por mi nuca, mientras con la otra, recorría cada centímetro de mi cara, recreándose en una dulce y apasionante caricia. Me limité a cerrar los ojos y deleitarme en aquel plácido momento que ansié durante veinticinco largos años.

 Aquella delicada caricia, se prolongó por el resto de mi cuerpo complaciente a cada curva que ansiaba ser devorada, asediada, seducida. Me tomó la cara con las dos manos y me besó en los labios, suave, lentamente, obligando a mis ojos a abrirse a un sueño hecho realidad. Tenerla a esa corta distancia me paralizó durante unos segundos dándole la oportunidad de hacer de mí lo que se le antojara, pero su consideración fue fiel a mi enajenada respuesta y frente a mí, comenzó a tranquilizarme besando mi cuello tiernamente.

 Estaba loca por besarla, y lo hice, la besé profundamente, apasionadamente, como si mi vida dependiera de ello. Inmersas en ese intenso beso, intentó  desabrochar el resto de mi blusa, pero no se lo permití, reteniéndole las manos para mantener la concentración y así poder saborear cada segundo.

 El beso duró unos diez minutos, el más arrebatador, el más impetuoso,  el más anhelado, de toda mi vida. Sentía su respiración jadeante, ansiando más emoción, más entrega. Comencé a besarle el cuello aspirando todo el aroma de su piel mezclado con el mismo perfume que solía usar. Me transportó a mi adolescencia, recordándolo como un olor hechicero, apacible, penetrante, algo amanerado, que me colmó de recuerdos, de un frenesí inmortal, de una fantasía cumplida y con final feliz.

 Las pupilas dilatadas de Maca, indicaban que el deseo era mutuo. Quería complacerme y a la vez regocijarse para saciar nuestro libidinoso apetito. Se sentó sobre mis piernas, como quien monta sobre una yegua domada, entrelazando sus brazos alrededor de mi cuello. Nos volvimos a fundir en un beso, esta vez más provocador e inquieto desatando la pasión contenida por ambas durante años.

 Presurosas, mis juguetonas manos se desengancharon de su cintura para trepar por el interior de su camiseta. La lasciva humedad que corría por su espalda, les permitía deslizarse con bastante soltura reconociendo cada centímetro de su cuerpo, para ofrecerle el mejor de los placeres. Maca consiguió desabrochar por completo mi camisa, y como por arte de magia, sus labios se apoderaron de mis pezones erectos, relamiéndolos en pequeños círculos.

 De repente, mi sexo sufrió tal explosión de placer, que subió varios grados de temperatura. Dominada por el arrebato, forcé su cabeza y la apreté contra mis senos deseosos de descubrir la destreza de su experiencia. Mientras, mi mano intentaba escurrirse por el hueco de su pantalón para comprobar el estado de su sexo que comenzaba a humedecer mi muslo. Aquella tarea estaba resultando bastante difícil por la postura y la incomodidad del sofá, así que la sujeté por los hombros separándola para que pudiera mirarme a los ojos y le propuse trasladarnos al dormitorio.

 Ni dudó por un momento. Apresurada se puso en pie, me ayudó a levantar lentamente y me tomó de la mano para que la condujese situándose tras de mí. Durante el recorrido, íbamos esparciendo las pocas piezas de ropa que conseguimos quitarnos.

 La prisa y la fogosidad del momento primaban, siendo mucho más gratificante desnudar nuestros cuerpos y almas, y a la vez retorcernos de placer, en la cama, en esa cama que permanecía virgen a estos menesteres, y es que, mis aventuras las mantenía lejos de mi intimidad, de mi espacio sagrado. Les proponía hoteles, aunque alguna ofreciera su apartamento, e incluso hubo ocasiones en que no daba tiempo a más y nos magreábamos en el coche…

 Allí nos esperaba mi santuario, deseoso de perder su virginidad, expectante a que traspasáramos el límite interpuesto a otras. Una vez cruzamos su umbral, permanecimos durante algunos segundos la una frente a la otra, inertes, embargadas por la emoción del momento.

 Después de haber perdido la camisa en el ajetreo, mis pechos erectos, firmes y desnudos, se ofrecían como sacrificio, padeciendo los escalofríos de su cercanía. Al notar como mi piel se erizaba poco a poco ansiando el calor de su cuerpo, se abalanzó sobre mí para apaciguar  mi estremecimiento, abrigándome con sus brazos.

 Aproveché para desabrochar su sujetador y lanzarlo lejos de toda posibilidad de volver a cubrir sus exuberantes senos. Comencé a frotarlos contra los míos, hasta prender de nuevo, el fuego que nos abrasaba esa noche. Eufórica, la emprendí con ellos moldeando con mis manos cada centímetro, para luego poder hacer el mismo recorrido con mis labios.

 Terminó de aflojar el botón de mi pantalón, dejándolo caer al suelo. Ella hizo lo mismo con los suyos, quedándonos totalmente desnudas a expensas del goce que nos aguardaba. De improviso, giró mi cuerpo quedando delante de ella y con un gesto delicado obligó a mi cintura inclinarse sobre la cama dejando el culo en popa. Se abrió un poco de piernas y comenzó a restregar su sexo por mi trasero a la vez que sus dedos penetraban con suavidad mi vagina húmeda, caliente, palpitante.

La jugosidad de su sexo escurría por mis nalgas hasta el revés de mis muslos, mezclándose con la caudalosa humedad que emanaba del mío. Sentía tanta urgencia por provocarle el mismo placer que me estaba brindando, que atravesé la mano entre mis piernas para penetrarla con mis dedos. Soltó un gemido fuerte, contundente, como si estuviera a punto de correrse, y aparté mi mano de su vagina para impedirlo.

 Aproveché ese lapsus para tumbarme boca arriba en la cama y que su cuerpo reposara lentamente sobre el mío, necesitaba verla mientras me complacía. Pasamos minutos abandonadas entre apasionados besos y caricias, compensando cada segundo perdido.

 La intensidad de los besos disminuyó gradualmente hasta separarnos y así poder deleitarnos con otras delicias. Mis manos no descansaban recorriendo el cuerpo de Maca hasta posarse en su sexo y rozarlo con suavidad. Maca recorría mis senos con su boca mientras su mano frotaba igual de suave mi vagina.

Con besos cortos, bajó por mi vientre hasta alcanzar mi sexo, que parecía tener vida propia sin poder controlar sus latidos por la excitación. Una vez allí, su lengua comenzó a relamer sin descanso toda mi zona vaginal hasta apoderarse del clítoris con lametazos que se vuelven cada vez más rápidos.

 Mis caderas se movían al ritmo que marcaba su lengua, teniendo que apretar su cabeza contra mi sexo para no perder el control. Eché la cabeza hacia atrás llenándome de esa sensación conocida pero mucho más intensa que siempre, hasta sentir en mis entrañas estallar el irrefrenable orgasmo que sacudió las paredes de mi vagina. No pude contener las ganas de gritar de placer, al mismo tiempo que Maca lo siente en su lengua que se vuelve estática, disfrutándolo, dejándolo fluir, adueñándose de ese orgasmo.

 Cuando mis sacudidas cesaron, intentó de nuevo mover su lengua, pero se lo impedí atrayendo con las dos manos, su cara hacia la mía, para que viese reflejado en mis ojos, el actual estado de mi alma embargada por un inmenso sentimiento de admiración, de alegría, de dicha. Sintiendo mi sabor en los labios de Maca, la besé locamente agradecida a que por fin me sentía completa en el arte del amar el verdadero amor.

 Continuamos durante horas, entregándonos la una a la otra en cuerpo y alma, valiéndonos de la ocasión para no arrepentirnos del tiempo perdido. Nos quedamos dormidas un par de horas a pesar de mis esfuerzos para mantenerme despierta y maravillarme de aquel atisbo de locura de amor y de razón en mi locura.

 Ya amaneciendo, se coló el agradecido rayo de luz por la rendija de mi ventana, iluminando su rostro, el rostro que tantas veces soñé que yaciera en mi almohada. La luz me despertó plácidamente, y al descubrir que no soñaba, permanecí un buen rato regocijándome en su cuerpo desnudo. Fueron los minutos más felices de mi vida. Suficientes para poder contarles esta historia,  mi historia, la historia de una lesbiana.

1332409967_0

Fin

Be Sociable, Share!

3 comentarios.

  1. Lourdes dice:

    Muy bien tus relatos, sigue deleitándonos con ellos. Enhorabuena por la página.

  2. Alba dice:

    Por fin un relato de sexo, sincero y sin groserias.

Deja un comentario