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Capítulo 9

En la consulta

Al sentarme, les pedí disculpas por mi tardanza con una improvisada explicación, despreocupándome de lo que pudiesen pensar, y mientras escuchaba la conversación que mantenían sobre sus respectivos amantes, me evadí por un momento, observando la manera desvergonzada en que Ruth me miraba olisqueando la esencia que se había quedado impregnada en su mano después de haberla mezclado con mis fluidos.

 Saber que alguien a menos de dos metros me deseaba, y que de entre tanta jovencita que había en el local me había escogido a mí, me hacía sentir especial.

 Algo parecido, me ocurrió con una paciente que atendí hace unos diez años. Empezó a asistir a mi consulta, por las excelentes referencias que le dio una compañera de trabajo con la tuve una pequeña aventura, algo que no duró mucho por su falta de visibilidad.

 Esta paciente, Lourdes se llamaba, se encontraba angustiada por los típicos problemas que surgieron a raíz de contraer matrimonio con su novio de toda la vida, ella decía que por la convivencia, por la rutina, y yo le recalcaba que por no escuchar bien a su conciencia.

 Físicamente estaba muy bien; una melena pelirroja muy bien cuidada, mirada profunda y algo traviesa, de sonrisa fácil y sincera, derrochaba estilo y su tipo le ayudaba bastante, ya que su atractivo le daba un toque seductor.

 Si recuerdo bien, en ese entonces, tenía más o menos mi edad, unos veintiocho años, y en lo que no me cabe ninguna duda, es de su profesión, era enfermera interina del Hospital Negrín de la unidad de oncología.

 Desde luego que el estar en continuo contacto con enfermos terminales, afectaba a su estado de ánimo, y aún más, porque era una mujer muy susceptible.

 Las primeras sesiones se las tomó un poco a la ligera evitando mis preguntas con historias muy banales. Debo admitir que le costó más de lo habitual romper el hielo, pero a medida que se fue acomodando, por la confianza que según ella, le trasmitía mi discreción, se empezó a soltar conectando con su yo más interno.

 Reconozco, que una vez conseguí descubrir la raíz de su verdadero problema, las sesiones comenzaron a tomar un rumbo poco profesional por mi parte. Esa raíz, se hallaba armarizada, resguardándose de la estricta educación, como militar que era, que le había inculcado su padre.

 Ahí fue cuando me di cuenta del por qué me eligió a mí. Parece ser que Patricia, su compañera y mi examante, le detalló los pormenores de nuestra pequeña relación.

 De una manera muy sutil, le sugirió y confesó, que el arrojarse en mis brazos, fue toda una experiencia inesperada llena de nuevas sensaciones que replantearon muchas decisiones que había tomado a lo largo de su vida, y por miedo a mi insistente visibilidad, se asustó y se alejó.

 Lo más que me sorprendió de aquella conversación, fue la anotación de que yo había sido una mujer sorprendente por todo lo que le hice sentir, experimentar y abrir los ojos a la realidad.

 No me lo esperaba, teniendo en cuenta como acabó lo nuestro; yo hubiese apostado por ella si hubiese arriesgado más, pero no se equivocó al reconocer que el miedo paraliza y distorsiona nuestros sentimientos. Quizás debí darle tiempo, pero eso era algo que no podía permitirme en el distanciamiento de ese camino en el que nos encontrábamos la una de la otra.

 Lourdes era bastante descarada en su vocabulario, en su manera de vestir, en general, en su manera de afrontar las frivolidades, pero una vez desveló sus verdaderas intenciones, aquello se desmadró.

 Recuerdan aquella escena de la película “Instinto básico”, en la que Sharon Stone cruzaba sus piernas en la sala de interrogación mostrando su entrepierna desnuda, pues hasta en la más mínima precisión, la reprodujo en una de nuestras sesiones. Me dejó perpleja. No la creí capaz de cruzar el límite que le impuse en varias ocasiones, pero sin casi poder evitarlo, lo traspasó.

 Dicen que cuando morimos, vemos una proyección holográfica de nuestra vida, pues algo parecido, me ocurrió pero en relación a mi carrera profesional. Por muchas excusas baratas que se me ocurrieran, nunca he podido justificar mi culpabilidad en ceder mi espacio laboral, a tal depravada ocasión.

 Después de subir la tensión, acelerar mis pulsaciones y convertir la terapia en una sesión erótica, descruzó las piernas, las dejó entreabiertas y se remangó lo suficiente su falda como para distinguir sin sombras, la perfecta depilación a lo brasileña que recorría su pubis hasta el monte de Venus.

 Me violenté tanto, que lo primero que se me ocurrió, fue pasar el pestillo de la puerta para que no se pudiera abrir desde fuera, ya que mi secretaria, por mi habitual despiste horario, solía entrar cuando la sesión se prolongaba.

 Cuando me volví hacia ella, humedecía lascivamente los dedos con la lengua, humedad que aprovechó para lubricar y acariciar su sexo esperando provocar en mí tal excitación, que olvidase quién era, dónde estábamos y qué hacíamos allí.

 Aquel escandaloso gesto, me produjo una especie de hipnosis que me arrastró hacia el diván donde estaba sentada, clavé mis rodillas con firmeza frente a ella, y me dispuse a satisfacer ese descaro que me había puesto cardiaca.

 Lamía, succionaba, saboreaba obsesivamente, el fluido que emanaba a raudales, mientras se retorcía extasiada en un placer anunciado por los gemidos que emitía cada vez con más intensidad, hasta estallar en un grito orgásmico que alarmó a Diana, mi secretaria.

 De un impulso, llegué a la puerta para advertir a Diana, con una pequeña evasiva, de que allí no había pasado nada, más que un ligero mareo de la paciente. Una vez controlé la situación, volví prendida en pasión al diván, para suplicar mi justa recompensa y recibir con la misma efusividad y efectividad el gozo que ofrecí.

 Lourdes ya se había desnudado por completo y tumbado, como quien se da por vencida ante una jauría de amazonas hambrientas, así con ansias de sofocar mis instintos más bajos, fue como me lancé sobre ella ante tan actitud salvaje y cuerpo de vértigo.

 Cubrió tanto mis expectativas, que tuve que anular la siguiente cita, por el delirio que me envolvía, intentando recuperar fuerzas y color a mi semblante. No podía permitir que esto volviese a suceder en la consulta, así que le recomendé a otra colega de confianza para que la siguiese tratando, ya que predecía, que después de haber caído y participado en este juego de seducción, ella querría, y yo quería, que se repitiese, eso sí, en un contexto y escenario más apropiado.

 La idea fue acertada, aunque no tanto para su reciente marido, ya que cuando se enteró, le lanzó un ultimátum, que consistía en, “o me dejaba de ver, o participaba de nuestros encuentros”. Ni me apetecía conocerle, ni me presto a jugar las fantasías de nadie, así que les dejé que se arreglasen o se confabularan en sus perversiones, pero eso sí, desapareciendo radicalmente de su vida.

 Allí seguían Marta y Elena, sumergidas en un estúpido debate, sobre quien de las dos había tenido una vida más inquietante, como si de un concurso se tratase. Y cuando ya se disponían a pedir mi opinión, salvando mi intervención sobre un tema del que me había evadido por completo, apareció Laura.

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