Ruth

Capítulo 8

Ruth 2

Las dos historias tenían un mísero grado de fascinación, aunque esperaba algo aún más extravagante. Mientras me las contaban, sentía que me estuviesen narrando la trama de una de esas películas de Antena 3 de los domingos por la tarde, pero al fin y al cabo, gracias a los tres Martinis que llevaba en vena y la curiosidad del distanciamiento de estas dos décadas, me ensimismaron por completo, hasta el punto, que ni me percaté de las visitas de Rut a nuestra mesa para llamar mi atención.

 Ya se me había bajado toda la libido de hacía veinte minutos, algo que pareció molestar a Ruth por como casi derrama sobre mi espalda, el cuarto Martini que me pidió Marta. La verdad, es que en este encuentro, lo menos que esperaba, era que me rondara una jovencita salida, atraída por las maduritas como yo.

 No daba crédito a su conducta infantil, caprichosa y resentida en respuesta a mi inconsciente indiferencia, y mucho menos, de alguien con quien sólo había intercambiado algún fluido corporal en medio de un magreo inesperado, y con quien no había ni mediado palabra en la que sostener un pequeño rencor o tan siquiera alguna explicación por mi comportamiento.

 Con razón o sin ella, iba a ser un inconveniente con el que no contaba, así que, con la suspicacia de un posible malestar durante toda la velada, opté por visitar de nuevo el cuarto de baño, haciéndole un pequeño guiño para que me alcanzase. No dudó en aceptar mi propuesta dejando tras de sí, a casi media clientela descontenta por la mala atención que habían recibido en la última media hora.

 De poco sirvió mi discreción ante la atenta mirada de quienes le increparon por la tardanza en recoger sus comandas. Aquella agitación que la poseyó al correr a mi alcance, casi me provocó dar marcha atrás. Menos mal que su compañera que parecía más cauta, al percatarse del menudo revuelo que se formó en menos de cinco segundos, calmó los ánimos del personal desviando la atención al programa del corazón que daban en la televisión.

 Mi prisa por llegar antes fue decisiva, ya que cuando entró en el baño, me había situado estratégicamente, lo más lejos posible de la puerta, para que me diese tiempo a reaccionar por si se repetía la embestida, y menos mal, porque venía con la blusa desabrochada, como si adivinara, que mis manos llevan un imán especial que se adhieren inconscientemente a unos pechos jóvenes y erguidos.

 Sus ansias se veían reflejadas en su lujuriosa cara, y como una vampira hambrienta, se lanzó directa a mi yugular. Puse mis palmas abiertas hacia ella para frenarla y que me diese tiempo a darle una breve explicación por mi justificada indiferencia, pero irremediablemente, se posaron en sus pequeños, prietos y erectos pechos que me apuntaban deseosos de ser succionados una vez fueran moldeados concienzudamente con mis manos.

 Eso echó a bajo toda mi táctica para convencerle de que, le sorprendiera o agradara, teníamos que mantener las formas hasta que todas mis amigas se marchasen para reanudar nuestro desenfreno. No pude ni insinuar mi advertencia, ya que al sentir su piel suave tersa y acaramelada rozando mi obscenidad, se desató mi lascivia en busca de un placer inmediato.

 En menos de un segundo, mi sexo se encontraba empapado demandando alguna fricción que debilitase la tensión que se había acumulado en los músculos de mi pelvis. Mientras mis manos se fundían en sus pequeñas prominencias, esta vez con éxito, Ruth bajó la cremallera de mi pantalón para saciar ese placer al que me tenía sometida.

 Sentí sus dedos largos, finos y fríos, como encontraron, en un abrir y cerrar de ojos, el punto exacto para procurarme el más idílico orgasmo. Agradecí que se desenvolviera dentro de mis bragas con una soltura y destreza, dignas de una experta en aquella placentera tarea.

 Maldita fue nuestra suerte, porque justo cuando estaba a punto de correrme,  se volvió a abrir de nuevo la puerta del baño. Fuera de sí, allí estaba de nuevo su compañera, para advertirnos que su jefa la estaba buscando desesperadamente. Ésta, le había insinuado verla en el cuarto trastero para desviar su atención, y que le diese tiempo a llegar antes y así, poder avisarnos.

 Del sobresalto, se deslizaron mis pantalones hasta los tobillos, quedando mi sexo a merced de la vista de quien entrase. La cara de la camarera era un poema, y la mía, no daba crédito a semejante situación, ¡a mi edad!; creo que nunca había protagonizado un numerito tan adolescente, ni tan siquiera, a mis quince años. Menos mal que atiné a subirme los pantalones con la rapidez justa para dejar mis vergüenzas bien cubiertas a cualquier otra que entrase.

 Ruth se disponía a correr tras su compañera, pero por miedo a que se repitiese la escenita de fuera, la retuve durante unos minutos para explicarle en la situación en la que me encontraba.

 Ni rechistó mientras se lo contaba, y casi cuando había alcanzado la puerta, se volvió y con una sonrisa pícara, me dijo: -me alegro haberte dejado a medias, porque así, tendrás que esperar hasta que se vayan todas tus amigas para que descubras mis habilidades -.

 Esas descaradas palabras, esa bribona mirada y esa perversa sonrisa, me aceleraron de nuevo el corazón, y no sabía si acabar yo misma lo que ella había empezado, o dejar ese menester a tan prodigiosa mano; pero desde luego, que no era momento para entretenerme.

 Marta ya se disponía a salir a mi encuentro temiendo que me ocurriese algo, y doy gracias a que la pillé a mitad de camino, porque si no, quien sabe lo que mi calentura hubiese provocado al oler ese tentador perfume.

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