mujer elegantes

Capítulo 7

  Elena

 Elena, tenía toda la pinta de haber dejado atrás un pasado difuminado en la falta de autoestima que le produjeron los maltratos familiares, algo que parecía haber conquistado una vez fallecieron sus padres. Se le veía radiante y llena de una vida plena y limpia de toda huella que pudieron dejar los agravios del pasado.

 He tenido muchas pacientes en mi consulta, que han empezado la terapia con la misma cara que tenía Elena cuando la conocí, y han acabado con esa luz que desprendía, envuelta en un rastro de paz interior al aceptar lo vivido sin tener que volver a mirar hacia atrás.

 Su vida comenzó el mismo día que murieron sus padres en aquel accidente de tráfico en la carretera del sur de Gran Canaria. Como era habitual, discutían. Esta vez, por el precio del apartamento que habían contratado para pasar las vacaciones de verano.

 Elena conseguía evadirse con el discman que le había regalado su tía Isabel, la única familia con la que se sentía segura, comprendida y arropada, algo que detestaban sus padres, aunque no les quedaba otra que depender de la caridad económica que les ofrecía, tras agotar sus ingresos, él ahogado en alcohol y ella en el bingo.

 Sonaba una de Mecano, su preferida de entre toda la colección discográfica, tesoro que ocultaba bajo la cama por el temor de que en un arrebato inspirado en la alta dosis de alcohol que corría por las venas de su padre, se lo arrojase por la ventana.

 Esa mañana como de costumbre, la breve visita al bar de la esquina, le pasó factura al matrimonio, mientras que a Elena, después de pasar dos largos meses en el hospital con una fractura de peroné, por fin le brindó la libertad.

 Se mudó a casa de su tía, viuda al año de casarse y sin haber tenido descendencia, todas las noches rogaba a Dios para que su sobrina, se librara de la condena que le habían impuesto sus padres con sus desastrosas e injustificadas vidas.

 La venta de la casa de sus padres, ayudó a costear los estudios de Elena en una universidad de Pamplona, licenciándose en Ciencias Humanas y Sociales, carrera que como era de imaginar, no la eligió al azar, sino incentivada por las vejaciones que nadie pudo justificar.

 Una vez acabada y opositar en la administración pública, ascendió por promoción interna hasta llegar ser, consejera de Servicios Sociales del Gobierno de Canarias, un cargo elemental para la meta que se había propuesto, teniendo en cuenta que no quería salir de la Isla para cuidar de su tía.

Pasó la mayoría del tiempo absorbida por el trabajo, hasta que se dio cuenta que la vida pasaba de largo y no la sentía correr por sus venas. Ahí fue cuando entró en una página de contactos, de esas en las que te aseguran que encontrarás tu media naranja por medio de varios tests que describen el perfil perfecto que congeniará contigo, y tras varios intentos, conoció a Henry, un sueco algo bohemio en busca de calor.

 Le costó acostumbrarse a tener a alguien al lado que odiase regirse por el tiempo cuando a ella le faltaban horas al día, así que él, le escondía todos los relojes que encontraba por la casa, y los que insistía Elena tener a la vista, Henry se los paraba siempre a la misma hora en que se habían conocido, las 8 de la tarde, ni minuto más ni minuto menos. Esos momentos, eran los que le recordaba que tenía que aflojar en el trabajo y dedicar más tiempo al ocio, a su pareja, a su tía, en definitiva, a vivir.

 

Como buen artista que era Henry, le inspiraba para despertar su lado más creativo y se regalaba, dos horas mínimo, al día para entrar en el taller de éste, a moldear esculturas de cerámica, hobby que había descubierto después de ver la película Ghost. Eso le animó a crear un proyecto de ocio libre en una asociación de mujeres donde, voluntariamente participaba.

 La asociación contaba con una red de mujeres de todos los campos profesionales, donde ofrecían su trabajo a cambio del de otras sin coste alguno más que su propia voluntad de ayudar a la prójima, una especie de cadena de favores. Eso le hizo simpatizar con todo tipo de mujeres, conquistando por fin esos matices, hasta ahora ajenos, que le abrieron un abanico de posibilidades en su monótona vida.

 Se empezó a preocupar más por su aspecto físico, por llevar una vida más sociable saliendo con sus compañeras después de las reuniones, por no resignarse a cualquier oportunidad que le diese la vida, y es aquí donde se aferró, para conseguir localizarnos y asegurarse que cada una de nosotras asistiría a esta reunión.

 

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