mujer elegante

Capítulo 6

 Marta

 Marta llevaba un sofisticado conjunto Armani de falda y blusa casi hechas a medida, conjuntadas con unos Manolos, rojo pasión, que le estilizaban aún más las piernas. Ese contoneo de caderas al que me tenía acostumbrada, lo había perfeccionado convirtiéndose en toda una diva recién salida de Hollywood. De repente, me los imaginé clavados en mi pecho mientras caía rendida bajo esos diez centímetros de infarto, en una arrebatadora escena erótica, extasiada en el fetichismo que desprendían.

 Como cuando me lancé sobre sus pechos tersos, rebosantes de testosterona femenina que me incitaron a ello. Fue un auto impulso del que nunca me he arrepentiré, y menos, por la respuesta tan morbosa que recibí. Sentir cómo me restregaba la cara por sus prominencias retirando agitadamente el sujetador tan sugerente que llevaba, para que mi lengua llegase sin esfuerzo y prontamente, al encanto de sus pezones, no lo podré olvidar jamás.

 Mientras me retorcía de placer entre sus desvergonzados senos, me frotaba con su muslo desnudo mi ferviente sexo. Mis manos desesperadas por no saber que hacer, atraparon sus nalgas desabrigadas al estar separadas por el fino hilo de su tanga, a través de su irresistible minifalda.

 Actuando de aquella manera, me vi reflejada en mis compañeros varones, balbuceando al son de sus caderas, mendigando un roce certero en sus partes excitadas. Verme así, provocó sentir asco de mí misma, así que paré y salí corriendo para aliviar mi propia vergüenza.

 Poco me faltó para preguntarle qué había ocurrido en todo este tiempo, y mientras más me contaba, más fascinante mi resultaba su historia. En aquel entonces, todas sabíamos que su padre andaba metido en política, algo que demostraba y alardeaba en las reuniones del A.M.P.A., pues parece ser, que su ímpetu le llevó a ser embajador español en Panamá pocos años después de dejar Marta el instituto. Se mudaron allí, y a ella le costearon la estancia en una de las mejores y prestigiosas universidades de Estados Unidos.

 Marta se codeaba con las hijas e hijos de la jet set de Hollywood, de grandes empresarios, de políticos, de embajadores, o sea, la alta sociedad norteamericana. Y como era de esperar, pasó tanto tiempo en Norteamérica, que cuando acabó sus estudios se quedó a vivir en Nueva York donde consiguió el trabajo que siempre había soñado, directora de marketing de una célebre revista de moda “The Natural Woman”.

 Marta no es de las que esperan a que le llegue la suerte, así que la buscó en los brazos del heredero de un imperio de alta costura que se extendía por todos los Estados Unidos y por supuesto, que nadie mejor, que su entonces esposa, para poner al frente de la sucursal de N.Y.

 Ese privilegio tan sólo duró cuatro años antes de tener el primer hijo. Su marido, Steven, era muy conservador, así que desde entonces le aconsejó que prescindiera del trabajo, y se dedicara a la educación de su primogénito. Esa tirana decisión, le privó en parte de cierta libertad, y aunque disponía de todo cuanto quería con su visa de platino, pasó a ser una esposa controlada económicamente, algo que Marta detestaba.

 Como en todo matrimonio donde reina el despotismo, comenzaron los problemas conyugales, marcando el ritmo monótono las continuas discusiones, el distanciamiento en el lecho conyugal, y sobre todo, lo más que marcó a Marta, la soledad en aquella jaula de oro donde se lamentaba de un fracaso anunciado.

 Aquella desidia, duró ocho largos años, hasta que solicitó el divorcio hostigada por las incesantes infidelidades, cada vez más frecuentes y degradantes. La maldita cláusula del acuerdo de separación, colaboró a que Marta cayera en una terrible depresión.

 Ella abandonaría la residencia habitual quedando exiliada en un apartamento en el barrio de West Hollywood, Los Ángeles, dejando la guardia custodia al padre de su hijo, algo que tenía muy bien atado gracias a los favores que ofrecía a un amigo juez y contribuir en la financiación de la campaña electoral del alcalde de N.Y. No obstante, la reputación de hombre magnánimo, le obligó a recompensar el terrible convenio con una buena suma de dinero, permitiéndole darse un año sabático y recuperarse manteniendo el nivel de vida al que la habían acostumbrado.

 Después de pasar medio año confinada por propia voluntad en su apartamento, su psicóloga le recomendó participar en una terapia colectiva, donde se recuperó milagrosamente junto a un grupo de chicas. Las agregó a su círculo de amistades, y decidieron recorrer toda California en caravana en un viaje sin fecha de vuelta, hasta que sus cuerpos y bolsillos aguantaran.

 Las cuatro estaban en la misma situación, separadas de ricachones, expulsadas estratégicamente de una vida manipulada y condenadas a vivir lejos de sus hijos excepto un mes al año. Vivieron todo tipo de aventuras, algunas para contar a sus nietos, y otras mejor, ni retenerlas en la memoria.

 En su paso por Las Vegas conoció a Pedro, un español aventurero, enamorado de todo lo relacionado con Norteamérica. A sus treinta años, tenía claro que recorrería Estados Unidos a conciencia, estudiando todas sus costumbres y viviendo al estilo de lo más americano posible, así que pidió un año de excedencia en la administración de la Comunidad Valenciana y destinó todos sus ahorros a tan deseada aventura.

 Fue allí, en tan extravagante lugar, donde Marta vivió el más intenso y apasionado romance que le condujo de nuevo a establecerse en España. Lo mejor que le pudo haber pasado, ya que aprovechando su estancia en su país natal, Steven le concedió la custodia de su hijo para que éste, cursara sus estudios en Europa y aprendiera idiomas, algo esencial (decía) para dirigir, en un futuro, las sucursales que estudiaba abrir en el continente europeo.

 Todo el dinero que derrochó en ese inolvidable viaje, lo recuperó de golpe, con la enorme pensión que recibía puntualmente todos los meses de Steven por tener a su cargo a Steven Junior. Se instalaron en la capital por estricta exigencia del padre, pero realmente a Marta le daba igual mientras la dejara rehacer su vida y volver a retomar su carrera como publicista.

 Los contactos de Steven se extendían por los puntos de Europa donde pretendía montar sus sucursales, siendo Madrid el destino ideal para establecer la central europea. Vivían en un barrio residencial en las afueras de Madrid, y como disponía de un chofer pagado por su marido, se movía sin miramientos en horarios o trayectos.

Eso le permitía tener la excusa perfecta con Pedro, para que cada uno viviese en su casa y evitar el compromiso de consolidar la relación. A día de hoy, así es como ha decidido mantener su vida, sin más compromisos que los necesarios.

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