Capítulo 5

2012-04-11 18.26.54 Ruth 1

 Estoy segura que la experimentada picardía que irradiaba Ruth, podría trasportarme a aquel día trasmitiéndome la misma esclavitud a mi devoción por las mujeres. De nuevo, se acercó al pasillo que daba al baño insinuando con tres gestos, que la abordara: morderse el labio inferior, guiñarme el ojo y agitar su dedo índice; fueron suficientes para que me rindiera y fuera en busca de sus encantos.

 De un salto la alcancé, aprovechándose de mi impulso para empujarme contra la puerta que se abrió en el acto. Una vez dentro del baño, me sujetó por las muñecas para inmovilizarme, e instintivamente, como una loba, se lanzó a la yugular, para devorarme y lamerme a besos. Sentía como su alocada y transgresora juventud me abrasaba hasta prender la llama de mi lujuria.

 Entre tanto desenfreno, conseguí liberar mis manos que no dudaron en colarse a través de su minifalda que conscientes con lo que iban a encontrarse, treparon por la entrepierna, en busca de palpar el elixir de su sexo. Retiré el diminuto tanga que lo ocultaba y una de mis manos frotaba la humedad que lo envolvía mientras la otra pellizcaba sus nalgas. Ella, entretanto, iba desabrochando torpemente mi camisa,  y a causa de la revoltura, se le trabó la cremallera de mi pantalón.

 La puerta se abrió de repente y de un salto nos paralizamos con la mirada fija en la entrada. Era su compañera, que a sabiendas de dónde andaba Ruth, cómplice de esta travesura, venía a advertirle que su jefa la estaba buscando.

 Era la hora punta en la que la cafetería se llenaba para saborear el apetitoso y barato menú que ofrece. Me susurró al oído a la hora que libraba y salió despavorida del baño. Allí me dejó, con la camisa desabrochada, la cremallera medio abierta, una calentura descomunal y sin darme tiempo a comentarle qué hacía allí, cuánto tiempo iba a estar o si podía esperar por ella.

 La otra camarera, que aún permanecía sobresaltada sujetando la puerta, se disculpó con la mirada, percatándose de la menuda faena que me acababa de hacer. Me refresqué la cara para calmar mi excitación y me adecenté para volver a tientas a mi mesa.

 De un trago acabé el Martini que me quedaba en la copa y aproveché para pedir otro a la camarera que se quedó rezagada en el pasillo. A pesar de que la cafetería se había llenado por completo, no tardó ni dos minutos en traérmelo reparando en la urgencia de ahogar en alcohol, el sofoco que exteriorizaba.

 Menudas son las jovencitas de hoy en día, me sorprenden gratamente (pensé). No me había dado tiempo a decirle mi nombre, porque no había sido capaz de articular palabra. Me considero una mujer liberal, pero algo así era la primera vez que me sucedía, fuera de un ambiente que lo propicie. Sin premeditación alguna, le acababa de sacar partido a esa media hora antes que me propuse llegar. Respiré profundamente para bajar la tensión acumulada y me centré en lo que me había conducido allí, porque ya veía a dos de ellas entrando.

 Parecían Marta y Elena. ¿Juntas?, pues sí, eran ellas. ¡No me lo podía creer! Me alegraba dar la razón a ese conocido dicho: “el tiempo lo cura todo”. La rivalidad que había entre las dos, afectaba de alguna forma, al equilibrio del grupo. Saltaban chispas cuando se hablaba del arte del ligoteo, ya que Elena se ofuscaba con las artimañas de Marta.

 Decía que era descarada y no tenía ningún tipo de consideración moral o amistosa cuando quería conseguir a alguien. Marta por otro lado, la ninguneaba y la hacía sentir poco merecedora de tener las cualidades que ella derrochaba. Eso nos dividía, inmersas en un sin fin de opiniones, recreando muchas veces, una pequeña y perversa,  torre de Babel.

 Como era de imaginar, Marta conservaba ese aspecto seductor, es más, los cuarenta le habían borrado ese aire de mujer frívola convirtiéndola en toda una señora que cautivaría a un jeque árabe, renunciando a su harén por tenerla cerca. Elena, sin embargo, había perdido esa esencia puritana que le hacía parecer recién salida de la iglesia.

 Me había sorprendido gratamente. Tenía buen aspecto, los años parecían haberle complacido con un toque más licencioso. Al lado de Marta, no existía tanta diferencia de fascinación. Tras esas dos deslumbrantes mujeres, se debían esconder dos historias apasionantes, llenas de experiencias comprometedoras que deseaba conocer.

 Reconozco que soy un poco lasciva cuando avisto mujeres hermosas, así que nada más verlas, me dirigí a su encuentro para halagar su belleza y así sentirme como en los viejos tiempos, cuando Marta me utilizaba para alardear de sus encantos y Elena se indignaba por ello.

 Ambas desprendían un aroma distinguido con notas florales, dejando a su paso un rastro exquisitamente dulzón que habría hecho lamerse hasta los mismísimos dioses del Olimpo.

 No es que me considere clasista, pero siempre he pensado que la indumentaria expresa rasgos de la personalidad de cada quien, así que, las cacheo con mi mirada furtiva, en busca de etiquetas, de pulcritud, de armonía, para analizar su status social y personal.

 Ya adivinaba, que esa extravagancia mía, se iba a agudizar con mis chicas del ochenta y dos. Lo primero que observé, fue la ostentación de sus vestidos marcando deliberadamente la buena clase social en la que se encontraban.

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