despedida

Capítulo 17

 Despedida

 La mirada que me dedicó Ruth, fue fulminante. La sentí traspasar mi cuerpo hasta posarse en Maca examinando cada milímetro de su figura, torso y complexión. Parecía buscar indicios que le revelaran si había algo entre nosotras, o era una más del grupo.

 Para ella, había salido a buscarla expresamente, algo que no había hecho con el resto, de ahí su inesperada preocupación. De reojo, notaba como me hacía señas desde la barra para otro furtivo encuentro. Disimuladamente, me puse de espalda hacia ella para lograr estar fuera de su campo de visión directo, y me dediqué a mis amigas, a lo que realmente me había llevado allí.

 Pasamos horas charlando, riendo, reviviendo tiempos pasados. Ahora que se nos había sumado Maca, sí que me sentía plena, como si le hubiese dado un sentido completo a la reunión. No dejaba de observarla, de prestarle una especial atención, de sentirla…; aunque las preguntas personales me las reservaba para después en privado.

 Poco a poco se iba yendo la gente que ocupaban las demás mesas, sólo quedábamos nosotras armando una pequeña revolución en el rincón de la cafetería, algo que ya resultaba de lo más agobiante para las empleadas.

 Las camareras cogieron cepillo y gamuzas dispuestas a dejar la sala recogida para la jornada del día siguiente, comunicándonos que en breve cerrarían. Ruth llevaba rato mosqueada porque no le había dedicado alguna sonrisa, al menos una mirada de complicidad, desde que llegó Maca.

 Buscaba mi atención esperando cierta señal que evidenciara mis ganas del deseo pasajero prometido. Sí, es verdad que la evité, pero es que realmente no me apetecía tener muestras de afecto sin sentido, y mucho menos, que ella recogiera migajas de mi atención.

 Esa notable indiferencia, ese cambio de actitud que mostré al lado de Maca, parecía no llegar con claridad a su destino. Esperaba que lo hubiese percibido y sacase un vestigio de dignidad, no permitiéndose jugar al vaivén de las circunstancias.

 Ya andábamos algo cansadas, agotadas de arreglar el mundo, de analizar nuestras vidas y de construir un futuro, unidas. Intercambiamos, emails, direcciones, teléfonos, todo lo necesario para mantenernos en contacto.

 Con los obvios aspavientos de desalojo, decidimos acabar tan entrañable velada convencidas de tener más encuentros en el futuro. Recogimos nuestros bártulos entre tanta confusión de abrazos, besos y mucho cariño, disponiéndome a salir a la calle.

 Tenía tan sólo unos minutos para trazar la mejor de las estrategias y escapar del antojo de Ruth, para escabullirme y recuperar el tiempo perdido con Maca. Mayor no fue mi alivio, cuando de espontáneo, se presentó una jovencita algo exaltada en busca de Ruth.

 Ésta, muy educadamente, me rogó la disculpara, pero se veía comprometida en resolver un pequeño problemilla con la muchacha y no iba a poder quedar conmigo. Ni se lo cuestioné por si cambiaba de opinión, así que le dejé una tarjeta, y salí sin mirar hacia atrás, no fuera que me volviese una estatua de sal.

 Me quedé por los alrededores, como la perfecta anfitriona, hasta que desparecieron todas, excepto Maca que permanecía a mi lado expectante. Sin restar importancia a la reunión, llevaba horas ansiando este momento. Dos emociones en un mismo día, me tenían sobresaltada e intrigada por saber cómo terminaría el día.

 Ya a solas, volvió a abrazarme al verme tiritar de frío; pero les aseguro que la noche estaba perfecta, tenerla cerca era lo que me estremecía. Maca nunca había sido muy expresiva, más bien una mujer tímida y comedida en sus actos, al menos así la recordaba, aunque ese día, ya llevaba unos cuantos abrazos sin medida e inesperados.

 – ¿Cómo pudiste desaparecer con tanta rapidez?-. Me encogí de hombros como respuesta, aunque su pregunta no denotaba reproche, y con un tono muy dulce añadió: –la verdad es que ahora no importa, ahora quiero saber de ti, bueno, si tienes tiempo, si puedes… ¿o te espera alguien?-. A mitad de su pregunta, ya estaba aclarándole que no, que nadie me esperaba, que estaba soltera y sin ningún tipo de compromiso. –

 ¿Y tú?- añadí con la expectativa de que su respuesta fuera textualmente la misma. – Lolita está acostumbrada a que le abandone todo un fin de semana, así que tenemos suficiente tiempo-.

 Uff, por un momento se esfumó mi ansiada esperanza de seducirla en el preámbulo de pasar el resto de mi vida con ella. Tuve que expresar drásticamente mi decepción, porque automáticamente me dio una breve explicación, – ¡tranquila!, lolita es mi gata, lleva conmigo más de cinco años y es mi fiel confidente-. Suspiré con sus alicientes palabras, al devolver esa codiciada fantasía a mi pensamiento.

  – No, nadie me espera, esta noche soy toda tuya… ¿…a dónde me vas a llevar?- . Me invadió una inquietud que me devoraba suculentamente mientras acariciaba dulcemente mi cara.

 Le ofrecí tomar la penúltima copa en mi casa y allí nos dirigimos después de aceptar gratamente mi invitación. El coche lo había aparcado en la misma esquina, la suerte de invocar a San Expedito. Aunque dudamos si coger taxi para apaciguar la ebriedad que nos embargaba, preferí retirarlo por los frecuentes robos en la vecindad, así en el trayecto, disfrutaríamos de un ambiente menos frío e íntimo.

 Una vez dentro del coche, apoyó su brazo en mi asiento, descansando su barbilla sobre mi hombro como si oliese mi perfume. Sentir su aliento en mi cuello me excitaba, casi sin poder controlar como mi pie aumentaba la velocidad proporcionalmente a mi ritmo cardíaco, algo que me impedía articular palabra. Sólo fueron quince minutos de trayecto, los más largos y enigmáticos de mi vida.

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