reecuentro

Capítulo 16

Reencuentro

 Nunca me ha sorprendido ver la cantidad de temas que se abordaban bajo el rótulo de “literatura erótica”: lésbicos, gays, BDSM, como hacer tal o cual tipo de sexo a la perfección, novelas, historias, cuentos, relatos, revistas, y de entre todas, cogí una revista que ponía en un extremo, “novedad”.

 Empecé a hojearla distraídamente, maravillándome con la calidad de ilustraciones sobre heroínas lesbianas medias desnudas y castigadoras, cuando de repente, me sobresaltó una voz a mis espaldas que me susurró al oído, – una chica como tú, no debería dejarse ver con una revista tan atrevida en las manos-. Intenté darme la vuelta, pero una mano suave, fina y firme de mujer, detuvo delicadamente mi rostro impidiéndome mirar hacia atrás sin permitirme mayores movimientos.

 –Shhhhhhh… ¡quieta! Déjame disfrutar de tu simple presencia; déjame sentir el aroma de tu piel que después de tantos años no he podido olvidar-. Esa voz, con ese timbre de voz tan seductor, y esa forma particular de arrastrar el final de la frase casi inconfundibles, me hizo recordar a…. Pero no, no era posible que después de tantos años apareciera ella, justo ese día, justo en ese mismo instante.

  –No te imaginas lo feliz que me hace el haberte encontrado antes de entrar en el bar-. Por si mi imaginación y mis ganas de que fuera ella me engañaban y resultase ser la jovencita despechada que me perseguía, hice otro intento de darme la vuelta, con el mismo resultado que el anterior. Así que, inclinándome levemente hacia delante, dejé de sentir tanta presión en la espalda.

 Con un gesto de enojo, solté la revista sobre una montaña de libros y me di la vuelta de inmediato. Mi sorpresa fue notable al no encontrar a nadie allí. Miré hacia todos lados, e incluso pregunté a las ancianas que estaban tras de mí, pero desgraciadamente no repararon en quien me irrumpió.

 Con evidentes signos de molestia, salí rápidamente de la librería, sabiendo que era obvio que aquella mujer que me había abordado hacía unos segundos me conocía perfectamente; no podía ser Ruth, no quería que fuese Ruth.

Debía ser alguna de las invitadas a este reencuentro, pero esa voz…, por mucho que hacía memoria de quienes convivimos y decidimos en aquella cabaña, no la asociaba a ninguna de ellas.

 Mi primer pensamiento llegó con aquella dulce voz transportándome a mis trascendentales conversaciones con Maca. …Y por su puesto que deseaba que fuese la de Maca.

 A pesar de mi ferviente deseo, me asaltaban las dudas. Ella nunca se hubiese alejado así sin más dejándome con la palabra en la boca, no era normal en ella, así que, NO, imposible que fuese ella. Yo misma me había encargado de recordar y confirmar la asistencia de cada una de ellas y a Maca fue a la única que no pude encontrar, aunque me hubiese gustado.

 Como no quise despedirme de ella, supe por mis compañeras que aquel año era el último que pasaría dando clases en un instituto español. Emigraba al extranjero en busca de otras culturas, de otros idiomas, de otras gentes. Me apenó muchísimo que no me lo hiciera saber personalmente, pero entiendo lo que le hubiese costado, y preferible así, porque sabía lo que hubiese supuesto para mí.

 – Veo que los años no han atenuado tu carácter ni tu inquietud “mi pequeña aprendiz”-. Esas palabras me paralizaron, porque ya no cabía ninguna duda, era ella. En este momento que lo sabía, me costó darme la vuelta, ¿cómo estaría? ¿habría cambiado mucho? ¿seguiría considerándome como…? Tal fue mi desenfreno, que el corazón me comenzó a latir efusivamente, temiendo que pudiera escucharlo o sentirlo. Lentamente y casi temblando, bajé la cabeza e intenté girar sobre mí misma.

 Llevaba unas converse cortas de color azul marino a juego con el vaquero ajustado que marcaba la misma figura que recordaba. Quizás lucía algún kilo de más, pero casi ni se notaba. Los años no habían marcado mucho el paso del tiempo, quizás por llevar ese look urbano europeo, entre elegancia y comodidad algo desenfadado, pero seguro que estudiado hasta el milímetro, sobre todo esa campera de jean que le iba a la perfección con el estilo casual e informal sobre una camiseta a rayas y colores marineros.

 En pleno verano, era una excelente elección, permitiéndole radiar frescura, informalidad, estilo, pero también mucha simpleza para un querido logrado bienestar.

 Reconocí enseguida la amplia y dulce sonrisa que me estaba regalando aquella mujer interesante, refinada y exquisita, con el pelo medio ondulado que caía sobre su frente. Sin dejar de sonreír se acomodó el pelo con la mano en un gesto tan suyo que me hizo sonreír. Le miré a los ojos y las imágenes de un pasado remoto acudieron al presente.

 Lo único que pude articular fue, – ¡Maca!-. Yo seguía inmóvil, no fui capaz de mover ni una pestaña, así que ella dio un paso adelante y estiró sus brazos. Ese gesto me hizo reaccionar colgándome de su cuello.

 Fue suficiente para sentir de nuevo sus abrazos llenos de una plácida sensación de calidez, sintiéndome segura y protegida. Otra vez una oleada de recuerdos anegó mi memoria permitiéndome descifrar las evidentes diferencias acontecidas en estos años. – Mi queridísima profe y amiga -, le susurré cariñosamente al oído.

 Caminamos juntas hacia la cafetería enganchadas del brazo. No quería dejar escapar ese momento de ternura que volvía a acariciar junto a ella. – ¿Qué haces aquí?- le pregunté con bastante desconcierto mientras mi mente fantaseaba con una respuesta que me hiciera sentir añorada. Mi pregunta provocó que soltara una carcajada tan cínica como intrigante, que nos hizo frenar en seco. – Pues, ya ves, no podía dejar pasar esta oportunidad de saber de ti-. La cara se me iluminó agradecida por cumplirse mi deseo.

 Me contó que aquel fatídico día que huí de la despedida, me buscó por los alrededores. Al no dar conmigo, supuso que no me apetecía verla, y prefirió dejar correr el tiempo, con el pensamiento de que la buscaría cuando estuviese preparada.

 Al no hacerlo, dio por sentado que yo había puesto punto y final a nuestra relación, y algo enojada por mi postura, cogió las maletas sin rumbo ni destino y huyó hacia una vida en la que pudiese sentirse sin ataduras sentimentales. No añadí nada a su breve explicación porque me estaba desgarrando por dentro al pensar en mi decisión de entonces.

 Nuestras miradas se volvieron a encontrar nubladas por las lágrimas, no se bien si de alegría o de tristeza, pero nos consolamos en el mutuo acuerdo de que esta felicidad de hoy se la debíamos a la tristeza de aquel día. En ese momento supe que mi amor por ella traspasaba los límites de la amistad.

 Todo este tiempo estancada en el recuerdo del pasado sin poder divisar un rayo de luz en mi interior. Sólo con volver a mirarle a los ojos, vi la luz al descubrir la raíz de tantas relaciones frustradas, de tantas noches de insomnio, de tantos sacrificios al corazón.

 Reanudamos el camino sin mediar palabra y me rodeó con su brazo estrechándome contra su pecho para calmar mi angustia. Me acomodé en el hueco de su hombro sin despegarme de su abrazo, para sentir cada paso.

 Temí que me preguntase que pasaba por mi mente que provocara mis lágrimas. No era momento para confesiones porque imaginaba que las chicas estarían preocupadas por mi repentina desaparición, así que desvié la presunta conversación preguntándole qué la condujo a la librería.

 Me contó que al mirar la hora, se acercaba preocupada a la cafetería por temor a que nos hubiésemos trasladado a otro lugar, y de lejos, me reconoció saliendo apresurada, casi desconcertada, dudando el rumbo a tomar. Se paró para observar mi maniobra, y vio como entraba en la librería a la que no dudó seguirme.

 Mientras abría la puerta, nos separamos lentamente para acallar rumores, decidiendo continuar la conversación una vez se retiraran el resto de chicas. Y menos mal, ya que fuimos el centro de atención durante todo nuestro recorrido hasta la mesa.

 Si no hubiese sido por ellas, probablemente habríamos desaparecido a un lugar más tranquilo para recuperar el tiempo perdido, pero queríamos disfrutar de la compañía, de las historias, de mantener el contacto de nuevo con todas.

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