Amelia

Capítulo 12

 Amelia

 Amelia seguía desprendiendo, sensatez, confianza, armonía, sabiduría, seguridad, virtudes que no sólo reflejaba, sino que formaban parte de su esencia; indiscutiblemente, la convertían en la persona más perfecta que había conocido. Allí mismo, hubiese confiado toda mi vida en sus manos como hacía de adolescente, aunque mi criterio profesional en cuanto a aceptar consejos, sea bastante restrictivo.

 Por fin habían causado efecto los consejos para cambiar su aspecto físico, ya que parecía haber descubierto la pócima mágica del paso de patito feo a cisne. Todo lo bueno que había visto en ella, se había agudizado aún más con los años, sumando su nuevo aspecto, que parecía recién salida de la portada del Cosmopolitan. 

 Siempre he pensado, que una mujer de cuarenta años está en la plenitud de su vida, ha crecido en años pero también en belleza y sabiduría, se vuelve más interesante sin parecer aburrida, tiene mayor protagonismo porque se permite libertades que la experiencia da, sexualmente es más responsable, decidida y segura, en definitiva, que deleitarse contemplando la plenitud de una mujer de cuarenta, es todo un placer. Así me deleité en la transformación de Amelia.

 Como era de costumbre en el instituto, seguía dando consejos útiles, sólo que ahora, reforzados por la justicia. Su vida había transcurrido entre libros, en busca de la mejor defensa legítima de quienes la requirieran.

 La matrícula de honor con la que se graduó en la Universidad de Derecho, le había proporcionado ofertas de los mejores bufetes de Las Palmas, aunque optó por el asesoramiento jurídico en la sucursal canaria de una O.N.G. mundialmente conocida, y a parte, en su propio despacho llevaba ciertos casos que le aportaban experiencias por la peculiaridad de los mismos.

 Me enrojecí por un momento, recordando mi desfachatez al haber querido abusar de la confianza de Amelia con un beso. Ella nunca me lo reprochó ni habló del tema, pero cada vez que la miraba a los ojos, notaba la dulzura de sus labios rozando los míos intensamente.

 A pesar de reproducir aquella escena en mi mente infinidad de veces, no conseguía evitar la vergüenza que me produjo. La apreciaba como a una hermana. Le tenía tanto cariño, que si aquello hubiese dañado nuestra amistad, no me lo hubiese perdonado jamás.

 No tuvo muchas experiencias sentimentales, es más, después de que Alfredo le rompiera el corazón en el instituto, decidió que ya llegaría el amor de su vida cuando menos se lo esperara, y muy mal encaminada no andaba, ya que tocó a la puerta de su propio despacho.

 Daniel era profesor de filosofía de secundaria del mismo instituto donde estudiamos nosotras. Era el típico profesor comprometido con la buena educación que merecía su alumnado, llegando incluso a dar clases particulares fuera de la jornada laboral, a quienes peor llevaban la asignatura.

 Un día, en una de esas clases clandestinas para el resto del profesorado, cometió el error de encontrarse con una alumna en su casa, y ésta, al insinuársele y no ser correspondida, le acusó de abusos. Se rasgó las ropas, aprovechando que en el portal de su casa se encontraba el portero, y salió corriendo y gritando, corroborando éste el estado de ansiedad en el que encontró a la chica.

 Acudió al despacho de Amelia desesperado, casi al borde de la depresión por miedo a perder su trabajo, su credibilidad y su dignidad. Se la recomendó un amigo que trabajaba en la misma O.N.G., alegando lo competente y entregada que era con sus casos.

 Ésta no dudó en aceptar el desafío de las demandas interpuestas por el instituto y los padres de la chica. Siempre actúa con intuiciones, y en este caso, desde que le miró a los ojos, intuyó que era inocente, algo que él, tradujo como remota posibilidad de que se convirtiera en la mujer que le salvaría la vida en todos los sentidos.

 Ese primer encuentro fue crucial en el destino de ambos por la química inesperada que invadió el despacho. Las citas que concertaban para preparar la defensa, comenzaron en la oficina, luego almuerzos en los alrededores, más tarde en cenas con la excusa de degustar diferentes restaurantes de moda, y por último, encuentros a cualquier hora del día en el piso de Amelia.

 Allí hubo almuerzos, cenas y apasionados desayunos, que despertaron en mí una envidia sana, claro que a ellos, les marcó el nuevo rumbo de sus vidas.

 Mientras duró el juicio lo llevaban muy en secreto a petición de ella, por acallar rumores de todo lo que conlleva una relación entre abogada y cliente, pero una vez acabó todo con el merecido éxito al que estaba acostumbrada, se comprometieron públicamente.

 Sólo, al pretender aumentar la familia, se les presentó un obstáculo para llevar una vida de lo más tradicional, tuvieron que optar por la fecundación invitro. Fue la aventura más excitante que vivieron juntos, y la más agradecida al tener en los brazos a sus mellizos, Cristina y Jorge.

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