amelia

 

Capítulo 13

 

 

Clara

 

 

Ahí estaba Clara, expectante a todo lo que allí se comentaba, y yo, muy atenta al posible cosquilleo que me irrumpía cada vez que la tenía cerca. Pues esta vez, no ocurrió, es verdad, que el tiempo lo cura todo. De todas formas, no es agradable volver la vista al pasado y recordar el primer sentimiento que traspasó el límite, que habitualmente, le recuerdo y marco, a mi alma, y no sentir ni el más mínimo cosquilleo.

 

 En aquel entonces, la falta de experiencia me confortó el corazón, me templó la memoria y me paralizó la falta de crítica, induciéndome a los errores de la razón. Ese día, veinte años más tarde, había aniquilado cualquier sospecha que confundiera la sensatez de mis sentimientos. Fui noble y sincera con el recuerdo que merecía rememorando lo mejor de mi vida por un instante.

 

 Sobrevolé el dulce recuerdo de lo más excitante, e incluso acaricié esa plácida sensación de amor, que me ha mantenido viva en la esperanza. Pero eso fue todo, todo lo que ese instante permitió desde un futuro de lo más sensato. Eso sí, doy gracias a que se cruzase en mi camino, porque he conseguido ver la profundidad de mi corazón a través de los ojos de Clara. Había perdido la belleza de juventud como una rosa deshojada y marchitada.

 

 Su  apariencia despreocupada revelaba la extravagante vida que llevaba, muy lejos de aquel estilo moderno al que nos tenía acostumbradas. Sus largos y rubios mechones faltos de tinte mostraban una aparente dejadez. Su ropa y calzado clamaban entre zurcidos y rotos, la necesidad de una pronta renovación, ya que permanecían esclavizados en su vestidor desde los años noventa y pico. Su carácter tan espabilado, se había vuelto agrio y pánfilo como alguien abandonada a la suerte de un oscuro destino incitado por las desavenencias de una vida despiadada.

 

 Inconcientemente, mi formación profesional, me obliga a analizar el carácter de la gente, como quien pasa un escáner para ver el código de barras de algo, induciéndome a hacer un rápido, y no siempre asertivo diagnóstico, de las personas que me rodean. Así a voz de pronto, advertí todos los síntomas de una persona sufrida, temerosa y derrotada, algo que me entristecía bastante por la nostalgia que me invadía ante quien me había robado el corazón.

 

 La verdad es que a todas nos sobrecogió la apatía de su aspecto, su desabrido carácter y los moratones que intentaba disimular con varias capas de maquillaje. Todas murmurábamos entre sospechas, la naturaleza de esas marcas demasiado reveladoras.

 

 Se resistía a confesarse por miedo a que su marido, Esteban, tomara represalias al desvelar el desenfreno semanal, que lo clasificaba entre los despreciables maltratadores. Aunque creo que le podía más la vergüenza de reconocer que estaba sometida a una dominación y violencia que la coaccionaba, la limitaba, restringiéndole la libertad y dignidad como mujer, sabiendo que la manteníamos en la memoria como una mujer independiente llena de fuerza y coraje.

 

 Claro que el compromiso de haber tenido tres criaturas con ese hombre, pesaban mucho en la balanza imaginaria que se inclinaba por soportar cualquier tipo de vejaciones, para evitar que algún día recayeran en sus dos niñas de ocho y seis años y su niño de cuatro.

 

 

 

El descaro de Judith al preguntarle directamente con afirmaciones, hizo que se soltara y nos desvelara lo que todas murmurábamos entre sospechas, era una víctima más de la violencia de género.

 

Rompió a llorar desconsoladamente, mientras nos contaba cada uno de los episodios en los que su marido la maltrataba, sin perder el más mínimo detalle.

 

 Recordaba cada palabra que pronunciaba, repitiéndolas una y otra vez en su mente para hallar el motivo que lo alteraba, y aunque midiera cada gesto, cada expresión, cada contestación, el caso es que, él siempre tenía el monopolio de la razón, lo correcto y el derecho a juzgar cualquier actitud de ella o ajena.

 

 Nos llegó a confesar, que ella nunca quiso tener más de una criatura, desde luego que ahora que los tenía, no se arrepentía porque eran su vida, pero la niña de seis y el niño de cuatro, fueron fruto de dos violaciones que perpetró su marido después de dos palizas que casi le cuestan la vida.

 

 Desde entonces y a escondidas, reunía una paga que le ingresaban sus padres para la universidad de sus nietos. Aunque ellos no sabían nada sobre los malos tratos, les advirtió que no lo comentaran con su marido por miedo a que se lo gastase en algún capricho. Su único afán era no depender y poder huir de ese infierno.

 

 Había conocido a Esteban en las pasarelas, desfilando trajes de faralaes de un diseñador de moda en Sevilla en la semana de la feria. Entre otros negocios, llevaba una empresa de servicios integrales especializada en la gestión y producción de espectáculos, representando a varios artistas reconocidos en el ámbito nacional y algún que otro en el internacional, incluido el diseñador. Éste los presentó recomendándoselo para que subiese su caché, y ella al ver la categoría de sus clientes, no dudó en aceptar.

 

 

 

De primeras no se percató, pero era el típico señorito andaluz, machista, prepotente, despótico, dueño de todas las tierras que se divisaban alrededor del espectacular cortijo que tenía, y también dueño de la vida de todos y todas los que trabajaban en sus inmensas tierras.

 

 

 

Tuvieron varios encuentros para tratar temas profesionales, hasta que se desencadenó un idílico romance que acabó en boda y con la carrera profesional de Clara. Ella desconocía los tejemanejes de su marido en la Junta de Andalucía. Decían que manejaba las distintas subvenciones a su antojo llenando el horizonte andaluz de vergüenzas, pleitos, personajes corruptos, escándalos económicos, etc.

 

 

 

Cuando se enteró, le costó una depresión porque ya estaba involuntariamente intoxicada por la corrupción; a partir de ahí, comenzó el calvario de una nueva vida amenazada por la huída y esclavizada bajo el yugo del despotismo.

 

 Laura y yo, fuimos las que pusimos el ramalazo feminista entre insultos y reproches, condenando a ese hombre al más absoluto destierro de los indeseables.

 

Por el contrario, Amelia, suavizó el revuelo diplomáticamente, refrescándonos la existencia de específicos derechos universales, elaborados con la finalidad de garantizar el poner fin a cualquier relación violenta y recuperar el proyecto de vida inicial de toda persona maltratada.

 

 Las pocas fuerzas que le quedaban a Clara, cobraban valentía con cada consejo que escuchaba, algo que le animaba a tomar ese paso que muchas veces pensó, pero que le aterraba dar, denunciar.

 

 Esta vez no se sentía sola, estaba respaldada por su antiguo grupo de amigas, que a pesar del tiempo, seguíamos manteniendo la misma complicidad al compartir las vicisitudes de la vida juntas, eso sí, con veinte años más, respaldados con nuestras experiencias, que por lo que pasó allí, dieron para mucho.

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