Judith

Capítulo 11

 Judith 2

 Por fin llegó Judith. De todas, era a quien más deseaba volver a ver. Me marcó mucho aquella primera experiencia sexual que desatábamos en cualquier rincón del instituto.

 Para mí se llegó a convertir en una droga necesaria para calmar mis instintos más bajos, que ella, y sólo ella, era capaz de provocar, manejar y satisfacer. Cuanto más me daba, más solicitaba, y a ser posible, en los sitios más insospechables e inesperados, porque así se retorcía más mi estómago, sensación que me proporcionaba, aquello que demandaba mi pubertad. Algunas de esas tácticas amorosas, las imaginé, practiqué y perfeccioné con Judith, convirtiéndose, en mi seña de identidad amatoria.

 Ese ardor duró cuatro meses, dos semanas y un día, con una media de dos por día, eso hace ciento veintiocho polvos que disfrutamos, y sí, contaba los días y los polvos como una rea en la cárcel.

 Los marcaba uno a uno en el lateral del pupitre, con el multiusos que llevaba siempre en mi bolso, hasta que un día, tras esquivar mis insinuaciones, le seguí a escondidas, y descubrí que se reunía con un chico de C.O.U. del que ya había comentado en nuestro grupo, que le atraía.

Fue cuando supe, que no iban a ver más encuentros sexuales, al menos con ella, cosa que no me importó mucho, ya que me había puesto en circulación con bastante práctica y sintiéndome desinhibida para tener otro tipo de relaciones más estables.

 Mantenía el mismo aspecto desenfadado de entonces, muy de moda pero conservando un aire juvenil. Llevaba unos vaqueros de pitillo que marcaban a conciencia esos perfectos gemelos trabajados en gimnasio, una blusa de escote bastante generoso, mostrando alegremente, el recuerdo de esos pechos en los que me retorcía de placer, y unos zapatos de cuña que estilizaban sus pies con cierta firmeza acentuando aún más el vaivén del contoneo que hechizaba, sin remordimiento, a quienes la observaban.

 Al verla entrar, me invadió un orgullo pretencioso desde los pies hasta la cabeza, como si aún disfrutara de sus placeres, algo que se me tuvo que notar en la cara después de su manera tan efusiva de saludar con un gran pico, permitiéndome saborear una vez más el dulzor de sus labios, como si no hubiesen pasado los años.

 Casi obligó a Elena cambiarse de sitio para poder sentarse a mi lado y saber de mí antes que del resto. No dejaba de preguntar por mi situación sentimental, como quien hace un test para valorar el mérito de quien me inició en el deleite carnal. Me sujetaba la mano mientras indagaba en mi vida, y eso desvió la atención de Ruth que se reía cínicamente viendo la posibilidad de hacer un trío (me confesó en un momento que se acercó a la mesa).

 No lo había pensado, pero conociendo las debilidades sexuales de Judith, la idea no me pareció tan descabellada, despertando mi parte morbosa.

 Nunca supe si alguna del grupo estuvo al corriente de nuestros encuentros amorosos, pero creo que su interrogatorio levantó alguna que otra sospecha, al recordar nuestras súbitas ausencias cortas, en mitad de nuestras reuniones.

 Cuando le conté que mi primera experiencia había sido crucial para mi currículum amatorio, al comprobar que después de cada revolcón mis amantes reflejaban en sus caras gratitud y satisfacción, comenzó a participar del resto y contar su historia.

 Parece ser que dio con la horma de su zapato encontrando a Félix, aquel chico de C.O.U. A pesar de sus altibajos en la relación, se consolidó con el tiempo y hace escasamente cinco años que dieron el paso al matrimonio. Siempre fue el deseo de Félix, aunque Judith se resistía a una relación monógama.

 Eso fue la raíz de sus problemas, y en varias ocasiones, se separaron durante largas temporadas, hasta que él se cansó de las idas y venidas de Judith, comenzando otra relación con una compañera de trabajo. Ella le echó tanto de menos que por fin reaccionó y se comprometió con total fidelidad, por miedo a perderle. Desde entonces, disfrutan plenamente de una relación ejemplar con todo lo que ello conlleva.

 En cuanto a Judith, dejó los estudios de administración y empresas en el tercer año de carrera, ya que a su padre lo expulsaron del ejército debido a que nunca se despejaron las dudas sobre el accidente ocurrido.

 Con los ahorros de toda una carrera militar, montó una empresa de artículos de caza, dejando en manos de su hija, la parte de recursos humanos y financiera, llegando a tener a su cargo una plantilla de catorce personas, desatando una faceta de lideresa difícil de controlar, hasta en un momento tan entrañable como el que nos acontecía.

 Por fin llegaron las dos que faltaban. Amelia y Clara, acudieron juntas a la reunión, ya que eran las únicas que seguían manteniendo la amistad durante todo este tiempo. Ya desde el instituto se veía como habían congeniado aún no teniendo mucho en común.

Quizás sus personalidades tan dispares, propició a que esa estrecha amistad perdurara, lo cierto es que conservaban aquella particularidad que nos llegó a unir a todas.

 Ambas eran el eslabón que faltaba para completar ese vínculo afectivo privilegiado que el resto de la clase envidiaba, por el carácter desinteresado, altruista y esperanzador que nos representaba como grupo.

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