Laura

Capítulo 10

  Laura

Sólo con verla entrar, el resto disipó por fin esa incertidumbre que mantenía en el instituto sobre su orientación sexual. A mí nunca me desconcertó; cada una sabe cuando tiene que salir del armario.

 De ningún modo quise darme por enterada a pesar de que la pillé un día en la “jaula rosa”. Solía escabullirse de las clases de religión para escapar de las discusiones que mantenía con el profeso del Opus que las daba.

 Ese día en cuestión, también falté para tener uno de mis escarceos con Judith. En el callejón trasero del instituto, había una pequeña vivienda deshabitada, donde todas las parejitas se encontraban. El nombre se lo pusieron después de encontrar una braga rosa colgada como bandera en la ventana más alta.

 En el cristal de la misma dibujaron un pajarito, de ahí que le llamáramos “la jaula rosa”. Lugar que todas conocíamos pero ninguna se daba por aludida cuando se trataba de reconocer quien lo frecuentaba.

 Durante el horario de clase, no se oía ni un sólo murmullo en aquellas ruinas. Era el mejor momento para visitarlo, siempre y cuando tuvieras una aventura que ocultar, como en mi caso. Ya habíamos recogido todas nuestras cosas, para según sonara el timbre entre clases, salir despavoridas y desaparecer entre la multitud que salía a los pasillos.

 Apenas habíamos entrado, en la misma puerta y con bastante desenvoltura, Judith se abalanzó sobre mí bajando la cremallera de mi pantalón para frotar mi sexo húmedo, caliente y hambriento de la experiencia masturbadora a la que me había enganchado. Mi sexo palpitaba desde el momento cero en el que me susurraba al oído – la jaula rosa nos echa de menos -. Esa era la señal.

 Las palpitaciones sólo las calmaba su rebelde mano que ansiaba como agua de mayo. En una misma tarde, me satisfacía hasta tres veces con su arrebatador frotamiento. Reconozco que aún me humedezco, sólo con el pensamiento de aquellos encuentros, es más, me atrevería a decir que hasta, casi siento la juguetona mano de Judith deslizándose por mi bragueta.

 Yo sin embargo, saboreaba desesperadamente sus generosos pechos que restregaba por toda mi cara, y cuando alcanzaban un enrojecido alarmante del magreo, mi lengua relamía trazando un camino memorizado hasta el monte de Venus. Allí, jugueteaba mi golosa y rígida lengua hasta endulzarse en el manantial de su sexo. Me apoderaba de su clítoris hasta hacerlo estallar de placer entre contenidos gemidos, para evitar el eco del vacío de la “jaula rosa”.

 Esa tarde como de costumbre, tras consumar los tres orgasmos consecutivos, nos quedamos exhaustas, sin mediar palabra y pendientes que cesara el sonido de nuestra agitada respiración. De repente, allá, en el cuartito más escondido de la “jaula rosa”, percibimos el eco de un jadeo incontrolablemente lascivo.

 Después de poner medida a nuestros impulsivos instintos, las dos nos quedamos atónitas a semejante descaro. Nos acercamos sigilosamente para comprobar el lugar exacto de donde provenían, hasta reparar que era Laura con una chica de segundo.

 La tenía contra la pared media desnuda, con los brazos abiertos descansando en una estantería y las piernas colgadas de sus hombros. Ésta, se retorcía de placer de una manera exagerada, como una verdadera posesa. Parecía que le estaban succionando hasta la última gota de sangre o devorando las entrañas.

 Las manos de Laura se veían entrenadas, la una posada en los pequeños senos de la muchacha pellizcando sus pezones, y la otra estrujando las voluminosas nalgas hacia su boca para llegar más profundo, llenando hasta sus fosas nasales de ese aroma de mujer excitada al máximo.

 Aquella escena sacada de una película porno, nos volvió a poner tan severamente cachondas, que mientras mirábamos desde un punto oculto para que no notasen nuestra presencia, Judith bajó de un tirón mis pantalones. Se arrodilló frente a mí con su lengua erecta, delinquiendo en todo tipo de placeres sobre mi clítoris, sobre mi incontrolable lujuria.

 Egoístamente, apreté la cabeza de Judith contra mi sexo que reclamaba un cuarto orgasmo, entre cautelosos gemidos, para que no me oyesen. Fue rápido, limpio y apoteósico, suficiente para satisfacer la calentura que me produjo ver en vivo y en directo a otras dos chicas manteniendo sexo desenfrenado.

 Salimos de allí despavoridas después de sentirnos como dos vulgares mironas indiscretas. Nunca me di por enterada de lo que había visto, por mucho que me sorprendiera. Soportar el secreto de sus habilidades amatorias en las conversaciones que manteníamos, no creo que fuera fácil, pero la honraba. Eso era lo que me atraía de ella, la capacidad de disimular hasta lo evidente.

 Evidente fue como entró en la cafetería. Menudo aspecto delator el de Laura, no cabía la menor duda de su lesbianismo para las demás, sólo le faltaba ondear la bandera del arcoiris, con el mismo brazo en el que llevase tatuado el símbolo lésbico.

 No me gusta enjuiciar a nadie por su aspecto, pero es que parecía, haber estudiado a conciencia uno a uno todos los estereotipos atribuidos a una lesbiana, y envolverse en la más absoluta perfección, en ellos: la camisa de cuadros de franela como las que usan los leñadores, las botas militares de color púrpura, pantalón con bolsillos a ambos lados bastante desgastados del uso, el pelo desaliñado con algún tipo de alergia a la peluquería, y una mochila parcheada cubierta de todo tipo de chapas, a cual de ellas más reivindicativas del feminismo y del colectivo lgbt.

 Venía bastante alterada por la conferencia a la que había asistido a primera hora de la mañana, sobre estrategias para tratar a mujeres víctimas de violencia de género. Como trabajadora social en un barrio marginal, se sentía con la necesidad de aprender nuevas técnicas para poder sobrellevar las denuncias interpuestas por las jovencitas del barrio. Tenía toda la pinta de involucrarse demasiado en sus casos y proporcionar la ayuda más efectiva en cada uno.

 Ese ímpetu, esa manera de luchar y reivindicar por la justicia, ya venían marcando formas en nuestra época de instituto, cuando quiso ser la delegada de clase, creando su propia campaña para salir elegida. Nos volvió locas al resto para que le votásemos, y como ninguna queríamos esa responsabilidad, le dimos nuestro apoyo, y menos mal, porque por fin cesaron sus continuos discursos de cómo desempeñaría eficazmente sus funciones.

 Debo reconocer, que una vez salió elegida, defendía nuestras propuestas a capa y espada con nuestra tutora, saliendo casi siempre victoriosa por el buen discurso que planteaba. Para eso sí que era buena, aunque para tratar temas personales, era un desastre y una lianta.

 Laura siempre había sido una niña consentida, especialmente por su padre, hasta que una noche que le fue a dar una noticia importante a su cuarto, la pilló en actitud comprometida con otra chica.

 Desde ese entonces, casi ni le dirigía la palabra, algo que Laura no llevó muy bien por el apego que sentía hacia éste. Tan insoportable se volvió el ambiente en su casa, que una vez cumplidos los dieciocho años, decidió compartir piso con otras tres amigas de la universidad. Pagaba su parte del alquiler trabajando en el Mc´Donalds y algo que le daba su madre a escondidas de su marido.

 La relación con sus compañeras era muy buena, gracias a la norma que consensuaron en el piso dividiéndolo en zonas privadas, donde cada una se permitía invitar a quien quisiese, y zonas comunes, que usaban sólo ellas, y en ocasiones, con algún o alguna acompañante, para celebraciones, ver ciertos programas de televisión, o debatir asignaturas que costaban sacar adelante.

 Esa privacidad y libertad de disponer de su espacio sin explicaciones ni reproches, fue suficiente para reconocer definitivamente su orientación sexual y permitir que desfilaran por su habitación un gran número de amantes, lesbianas, bisexuales, casadas, divorciadas e incluso una monja que no creía en el voto de castidad.

 Sus compañeras alucinaban tanto con la facilidad que tenía para ligar y desligarse cada fin de semana de ellas y de sus historias, que le llamaban la “témpano”.

 Ninguna conocía la verdadera razón de ese despego del que presumía, excepto Bea, una chica que aún pasando horas en aquella habitación, nunca resultó víctima de su implacable juego de seducción. Solía ir una vez por semana, incluso alguna que otra, se quedó a pasar la noche. Era con la única que Laura se mostraba vulnerable y atisbaba afecto sincero e incondicional.

 Cuando me contó que su padre falleció de repente de un infarto en el despacho, sin haber podido despedirse de él ni haber solucionado los problemas que los distanciaron, fue cuando vi claramente, el porqué de su frialdad, había levantado un muro que no le permitía querer ni ser querida.

 Desde la muerte de su padre, no había derramado ni una lágrima, hasta que un día, Bea, que trabajaba como administrativa en la oficina de su padre, le confesó que éste se había sincerado contándole que llevaba muy mal el rechazar a su hija, y el día que murió, le rogó que cuidase de su hija.

 Esta confesión, en los brazos de Bea momentos antes de morir, ayudó a que Laura lo perdonara, pero no para demoler ese inexorable muro que absorbía todo rastro de pasión.

 De ahí su afán por ayudar a la gente, por intentar que dejen todo atado antes de que ocurra lo inevitable, tanto en su trabajo como en su papel de activista, incluso ha participado, junto a un grupo de mujeres reconocidas en el panorama nacional, en editar un libro sobre feminismo, que presentó en la conferencia de la que acababa de salir.

 Debo reconocer, que el libro, que ya he leído, invita a profundizar en el papel de la mujer en el ambiente intelectual. Da muchas pautas y razonamientos que desde que lo devoré, he intentado llevar a la práctica, y sí, me enorgullece sentarme a la misma mesa de una de las partícipes de los referentes que empleo en mis terapias.

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