Subida al escenario estabas, con el jersey de punto que tanto resaltaba tu figura. Un pañuelo de cuadros te abrazaba los hombros. No combinaba para nada con el resto de tu ropa, pero te hacía especial, como solo tú eres. Y los poemas sujetos con las dos manos, como si quisieras retenerlos para siempre a tu lado. Derrochabas seguridad desde tan alto. Me imponías respeto e infinidad de emociones que se enmarañaban todas y aún sigo intentando desenredarlas.

Allí, en aquel pub, con las paredes de ladrillo al descubierto, y el público prestándote atención, mirando tus ojos y tu boca al recitar, yo contemplaba también las mismas zonas, pero intentaba tocarte el corazón a través de mis pupilas, entregándote el mío antes de cada parpadeo. Con el hilo musical propio de las tertulias poéticas, la conjunción que tenías con el mundo en esos momentos era única, mágica. Inigualable. Y cada segundo que pasaba, me enamoraba más de la vida a la que tus versos entonabas. Un sinfín de diablos azules fueron testigos de mi amor por tus palabras regaladas, por tus miradas murmuradas, por tu presencia desenfadada, siendo tú misma. Pero claro, tú eso nunca lo supiste.

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